Capítulo 1
PARA LOS RATOS LIBRES
Tijeras y papel
-
De un corte, en tres partes
-
¿Cómo poner de canto una tira de papel?
-
Anillos en cantados
-
Resultados inesperados de un corte a una cadena de papel
-
¿Cómo meterse por una hoja de papel?
Usted pensará, como es natural, lo mismo que yo pensaba hace tiempo, que
en este mundo hay cosas que no sirven. Pero se equivoca: no hay trastos viejos
que no sirvan para algo. Lo que no vale para una cosa, vale para otra, y lo que
no sirve para nada útil, puede servir para distraerse.
En el rincón de un cuarto recién reparado me encontré una
vez con varias tarjetas postales viejas y un montón de tiras estrechas
de las que suelen recortarse de los papeles pintados cuando se empapelan las
habitaciones. «Esto, pensé yo, no vale más que para quemarlo en
la estufa». Pero resultó que hasta estas cosas, tan inútiles al
parecer, pueden servir de pasatiempo interesante. Mi hermano mayor me
enseñó una serie de ingeniosos rompecabezas que pueden hacerse
con este material.
Empezó por las tiras de papel. Me dio una que tendría unos tres
palmos de largo y me dijo:
- Coge unas tijeras y corta esta tira en tres partes...
|
|
Figura 1
|
Me disponía ya a cortar, cuando mi hermano me detuvo:
- Espera que aún no he terminado. Córtala en tres partes, pero de
un solo tajo.
Esto ya era más difícil. Intenté hacerlo de varias formas
y me convencí de que el problema que me había puesto era
embarazoso. Al fin llegué a la conclusión de que no se
podía resolver.
-¿Qué quieres, reírte de mí? le dije. Esto es imposible.
- Piénsalo mejor, quizá comprendas lo que hay que hacer.
- Lo que yo he comprendido ya es que este problema no tiene solución.
- Pues, lo has comprendido mal. Dame.
Mi hermano me quitó la tira y las tijeras, dobló el papel y lo
cortó por la mitad. Resultaron tres trozos.
- ¿Ves?
- Si, pero has doblado el papel.
-¿ Y por qué no lo doblaste tú?
- Porque no me dijiste que se podía doblar.
- Pero tampoco te dije que no se podía. Así que, reconoce que no
has sabido resolver el problema.
- Ponme otro. Ya verás como no me coges más.
- Toma esta otra tira. Ponla de canto sobre la mesa.
- ¿Para que se quede en pie, o para que se caiga?, le pregunté,
imaginándome que se trataba de una nueva trampa.
- Para que se quede en pie, claro está. Si no, no estaría de
canto.
«Para que se quede ... de canto», pensé yo, y de repente se me
ocurrió que la tira se podía doblar. La doblé y la puse
sobre la mesa.
|
|
Figura 2
|
- Ahí la tienes, ¡de canto! De que no se podía doblar no dijiste
nada.
- Está bien.
-¡Venga otro problema!
- Con mucho gusto. ¿Ves?, he pegado los extremos de varias tiras y han
resultado unos anillos de papel. Coge un lápiz rojo y azul y traza a
todo lo largo de la parte exterior del anillo una raya azul, y a lo largo de la
parte interior, una raya roja.
-¿Y qué más?
- Eso es todo.
¡Qué tarea más simple! Y, sin embargo, no me salió bien.
Cuando cerré la raya azul y quise empezar la roja, me encontré
con que, por descuido, había trazado rayas azules a los dos lados del
anillo.
- Dame otro anillo, le dije desconcertado -. Este lo he estropeado sin querer.
Pero con el segundo anillo me ocurrió lo mismo: no me di cuenta de
cómo rayé sus dos partes.
-¿Qué confusión es ésta?, también lo he estropeado.
¡Dame el tercero!
- Cógelo, no te preocupes.
Y, ¿qué piensa usted? Esta vez también resultaron rayados con
trazo azul los dos lados del anillo. Para el lápiz rojo no quedó
parte libre.
Me apesadumbré.
-¡Una cosa tan fácil y no puedes hacerla!, dijo mi hermano
riéndose. A mí me sale enseguida.
Y, efectivamente, cogió un anillo y trazó rápidamente por
su lado exterior una raya azul y por todo el interior, una raya roja.
Recibí un nuevo anillo y empecé, con el mayor cuidado posible a
tramar la raya por una de sus partes.
Por fin, procurando no pasarme al otro lado inopinadamente, cerré el
trazo. Y... otra vez fracasé: ¡las dos partes quedaron rayadas! Cuando
las lágrimas se me saltaban ya, miré confuso a mi hermano y,
sólo entonces, por su sonrisa astuta, comprendí que pasaba algo
anormal.
- Eh..., ¿has hecho un truco?, le pregunté.
- Sí. Los anillos están encantados, me respondió -. ¡Son
maravillosos!
-¿Maravillosos? Son anillos como otros cualesquiera. Pero tú les haces
algo.
- Intenta hacer con ellos alguna otra cosa. Por ejemplo, ¿podrías cortar
uno de estos anillos a lo largo, para que salieran dos más estrechos?
-¡Vaya trabajo!
Corté el anillo, y ya me disponía a enseñarle a mi hermano
la pareja obtenida, cuando vi con sorpresa que tenía en mis manos no dos
anillos, sino uno más largo.
-¿Qué, dónde están tus dos anillos?, me preguntó
él con aire de burla.
- Dame otro anillo: probaré otra vez.
-¿Para qué quieres otro? Corta ese mismo que acabas de obtener.
Así lo hice. Y esta vez conseguí, indudablemente, tener dos
anillos en mis manos. Pero cuando quise separarlos, resultó que era
imposible, ya que estaban enlazados. Mi hermano tenía razón:
¡aquel anillo estaba encantado de verdad!
- El secreto de este encantamiento es bien sencillo, replicó mi hermano.
|
|
Figura 3
|
Tú mismo puedes hacer anillos tan extraordinarios como éstos.
Todo consiste en que, antes de pegar los extremos de la tira de papel, hay que
volver uno de dichos extremos de esta forma (figura 3).
-¿Y de esto depende todo?
- Exactamente. Pero yo, como es natural, rayé con el lápiz un
anillo... ordinario. Aún resulta más interesante si el extremo de
la tira se vuelve no una, sino dos veces.
Mi hermano confeccionó ante mis ojos un anillo de este último
tipo y me lo dio.
- Córtalo a lo largo, me dijo, a ver que sale.
Lo corté y resultaron dos anillos, pero enlazados el uno al otro.
¡Tenía gracia! No se podían separar.
Yo mismo hice tres anillos más, iguales que éstos, y al cortarlos
obtuve tres nuevos pares de anillos inseparables.
-Y ¿qué harías tú, me preguntó mi hermano, si
tuvieras que unir estos cuatro pares de anillos de modo que formaran una larga
cadena abierta?
-Eso es fácil: cortaría uno de los anillos de cada par, lo
ensartaría y lo volvería a pegar.
-Es decir, ¿cortarías con las tijeras tres anillos? -aclaró mi
hermano.
-Tres, claro está -repuse yo.
-Y ¿no es posible cortar menos de tres?
-Si tenemos cuatro pares de anillos, ¿cómo quieres unirlos cortando
sólo dos? Eso es imposible -aseguré yo.
En vez de responder, mi hermano cogió las tijeras que yo tenía en
la mano, cortó los dos anillos de un mismo par y unió con ellos
los tres pares restantes. Resultó una cadena de ocho eslabones.
¡Más fácil no podía ser!
|
|
Figura 4
|
No se trataba de ninguna artimaña. Lo único que me
sorprendió es que no se me hubiera ocurrido a mí una idea tan
sencilla.
-Bueno, dejemos ya las tiras de papel. Creo que tienes por ahí unas
tarjetas postales viejas. Tráelas, vamos a ver que hacemos con ellas.
Prueba, por ejemplo, a recortar en una tarjeta el agujero más grande que
puedas.
Horadé con las tijeras la tarjeta, y con mucho cuidado, recorté
en ella un orificio rectangular, dejando solamente un estrecho marco de
cartulina.
-Ya está. ¡Más grande no puede ser! -dije yo satisfecho,
mostrándole a mi hermano el resultado de mi trabajo.
Pero él, por lo visto, pensaba de otro modo.
-Pues, es un agujero bastante pequeño. Apenas si pasa por él la
mano.
-¿Y tú, qué querías, que se pudiera meter la cabeza por
él? -repliqué con ironía.
-La cabeza y el cuerpo. Un agujero por el que se pueda meter uno entero: ese es
el agujero que hace falta.
-¡Ja, ja! Un agujero que sea más grande que la propia tarjeta, ¿eso es
lo que tú quieres?
-Exactamente. Muchas veces mayor que la tarjeta.
-Aquí no hay astucia que valga. Lo imposible es imposible.
-Pero lo posible es posible -dijo mi hermano y comenzó a cortar.
Aunque yo estaba convencido de que quería reírse de mí,
observé con curiosidad lo que hacían sus manos. Dobló la
tarjeta postal por la mitad, trazó con un lápiz dos rectas
paralelas, próximas a los bordes largos de la tarjeta doblada, e hizo
dos cortes junto a los otros dos bordes.
|
|
Figura 5
|
Después cortó el borde doblado, desde el punto A hasta el B, y
empezó a dar cortes cercanos unos a otros, así:
-¡Listo! -anunció mi hermano.
-Pues, yo no veo ningún agujero.
-¡Mira!
Mi hermano extendió la cartulina. Y figúrese usted: ésta
se desarrolló formando una cadeneta tan larga, que el hermano me la
echó por la cabeza sin dificultad y ella cayó a mis pies
rodeándome con sus zigzagues.
-¿Qué, se puede meter uno por ese agujero?
-¡Y dos también, sin apretarse -exclamé yo admirado!
Mi hermano dio con esto por terminados sus experimentos y rompecabezas y me
prometió que en otra ocasión me enseñaría toda una
serie de pasatiempos valiéndose exclusivamente de monedas.
Pasatiempos de monedas
-
Moneda visible e invisible.
-
Un vaso insondable
-
¿Adónde fue a parar la moneda
-
Problemas de distribución de monedas
-
¿En qué mano está la moneda de diez copeikas?
-
Juego de transposición de monedas
-
Leyenda hindú
-
Soluciones de los problemas
-Ayer prometiste enseñarme unos trucos con monedas, le recordé a
mi hermano cuando tomábamos el té de desayuno.
-¿Desde por la mañana vamos a empezar con los trucos? Bueno.
Vacía este lavafrutas.
En el fondo de la vasija recién vacía puso mi hermano una moneda
de plata:
-Mira al lavafrutas sin moverte de tu sitio y sin inclinarte hacia adelante.
¿Ves la moneda?
-Sí, la veo.
Mi hermano alejó un poco la vasija:
-¿Y ahora?
-Veo nada más que el borde de la moneda. Lo demás está
oculto.
Alejando un poquitín más la vasija, consiguió mi hermano
que yo dejase de ver la moneda, la cual quedó completamente oculta por
la pared del lavafrutas.
-Estate tranquilo y no te muevas. Yo echo agua en la vasija. ¿Qué ocurre
con la moneda?
|
|
Figura 6
|
-Otra vez la veo totalmente, como si hubiera subido junto con el fondo. ¿A
qué se debe esto?
Mi hermano cogió un lápiz y dibujó en un papel el
lavafrutas con la moneda. Y entonces todo quedó claro. Mientras la
moneda se encontraba en el fondo de la vasija sin agua, ni un solo rayo de luz
procedente de aquélla podía llegar a mi ojo, ya que la luz
seguía líneas rectas y la pared opaca del lavafrutas se
interponía en su camino entre la moneda y el ojo. Cuando echó el
agua, la situación cambió: al pasar del agua al aire, los rayos
de luz se quiebran (o como dicen los físicos: «se refractan») y salen ya
por encima del borde del recipiente, pudiendo llegar al ojo. Pero nosotros
estamos acostumbrados a ver las cosas solamente en el lugar de donde parten los
rayos rectos y, por esto, suponemos inconscientemente que la moneda se
encuentra no donde está en realidad, sino más alta, en la
prolongación del rayo refractado. Por esto nos parece que el fondo de la
vasija se elevó junto con la moneda.
-Te aconsejo que recuerdes este experimento -me dijo mi hermano-. Te
servirá cuando te estés bañando. Si te bañas en un
sitio poco profundo, donde se vea el fondo, no te olvides de que verás
dicho fondo más arriba de donde está en realidad. Bastante
más arriba: aproximadamente en toda una cuarta parte de la profundidad
total. Donde la profundidad verdadera sea, por ejemplo, de 1 metro, te
parecerá que sólo es de 75 centímetros. Por esta causa ya
han ocurrido no pocas desgracias con los niños que se bañan: se
dejan llevar por la engañosa visión y no calculan bien la
profundidad.
-Yo me he dado cuenta de que, cuando vas en barca por un sitio así,
donde se ve el fondo, parece que la profundidad mayor se encuentra precisamente
debajo de la barca y que alrededor es mucho menor. Pero llegas a otro sitio, y
otra vez la profundidad es menor alrededor y mayor debajo de la barca. Da la
sensación de que el sitio más profundo se traslada con la barca.
¿Por qué ocurre esto?
-Ahora no te será difícil comprenderlo. Los rayos que salen del
agua casi verticalmente, cambian de dirección menos que los
demás, por lo que en estos puntos parece que el fondo está menos
elevado que en otros, de los cuales llegan a nuestro ojo rayos oblicuos. Es
natural que, en estas condiciones, el sitio más profundo nos parezca que
está precisamente debajo de la barca, aunque el fondo sea llano. Y ahora
hagamos otro experimento de un tipo completamente distinto.
Mi hermano llenó un vaso de agua hasta los mismos bordes:
-Qué crees que ocurrirá si ahora echo en este vaso una moneda de
veinte copeikas?
-Está claro: el agua rebosará.
-Hagamos la prueba.
Con mucho cuidado, procurando no agitar el agua, mi hermano dejó caer
una moneda en el vaso lleno. Pero no se derramó ni una sola gota.
-Intentemos ahora echar otra moneda de veinte copeikas -dijo mi hermano.
-Entonces es seguro que se derramará -le advertí yo con certeza.
Y me equivoqué: en el vaso lleno cupo también la segunda moneda.
A ella siguió una tercera y luego una cuarta.
-¡Este vaso es insondable! -exclamé yo.
Mi hermano, en silencio y sin inmutarse, continuaba echando en el vaso una
moneda tras otra. La quinta, sexta y séptima moneda de veinte copeikas
cayeron en el fondo del vaso sin que el agua se derramara. Yo no podía
creer lo que mis ojos veían. Estaba impaciente por saber el desenlace.
Pero mi hermano no se daba prisa a explicármelo. Dejaba caer con
precaución las monedas y no paró hasta la decimoquinta moneda de
veinte copeikas.
-Por ahora basta -dijo por fin-. Mira corno ha subido el agua sobre los bordes
del vaso.
Efectivamente: el agua sobresalía de la pared del vaso aproximadamente
el grueso de una cerilla, redondeándose junto a los bordes como si
estuviera en una bolsita transparente.
-En esta «hinchazón» está la clave del secreto, continuó
diciendo mi hermano. Ahí es a donde fue a parar el agua que desplazaron
las monedas.
-¿Y 15 monedas han desplazado tan poca agua?, dije yo sorprendido. El
montón de 15 monedas de veinte copeikas es bastante alto, mientras que
aquí sólo sobresale una capa delgada cuyo espesor apenas si es
mayor que el de una de dichas monedas.
-Ten en cuenta no sólo el espesor de la capa, sino también su
área. Supongamos que el espesor de la capa de agua no sea mayor que el
de una moneda de veinte copeikas. Pero, ¿cuántas veces es mayor su
anchura?
Yo calculé que el vaso sería unas cuatro veces más ancho
que la moneda de veinte copeikas.
-Cuatro veces más ancho y con el mismo espesor. Quiere decir
-resumí yo-, que la capa de agua es solamente cuatro veces mayor que una
moneda de veinte copeikas. En el vaso podrían haber cabido cuatro
monedas, pero tú has echado ya 15 y, por lo que veo, piensas echar
más. ¿De dónde sale el sitio para ellas?
-Es que tú has calculado mal. Si un círculo es cuatro veces
más ancho que otro, su área no es cuatro veces mayor, sino 16
veces.
-¿Cómo es eso?
-Tú debías saberlo. ¿Cuántos centímetros cuadrados
hay en un metro cuadrado? ¿Cien?
-No: 100 * 100 = 10 000.
-¿Ves? Pues, para los círculos sirve esa misma regla: si la anchura es
doble, el área es cuatro veces mayor; si la anchura es triple, el
área es nueve veces mayor; si la anchura es cuádruplo, el
área es 16 veces mayor y así sucesivamente. Por lo tanto, el
volumen del agua que sobresale de los bordes del vaso es 16 veces mayor que el
volumen de una moneda de veinte copeikas. ¿Comprendes ahora de donde
salió el sitio para que las monedas cupieran en el vaso? Y
todavía hay más, porque el agua puede llegar a sobresalir de los
bordes unas dos veces el espesor de esta moneda.
-¿Será posible que metas en el vaso 20 monedas?
-Y más, siempre que se introduzcan con cuidado y sin mover el agua.
-¡Jamás hubiera creído que en un vaso lleno de agua hasta los
bordes pudieran caber tantas monedas!
Pero tuve que creerlo cuando con mis propios ojos vi este montón de
monedas dentro del vaso.
-¿Podrías tú, me dijo mi hermano, colocar once monedas en 10
platillos, de modo que en cada platillo no haya más que una moneda?
-¿Los platillos tendrán agua?
-Como quieras. Pueden estar secos -respondió mi hermano,
echándose a reír y colocando 10 platillos uno detrás de
otro.
-¿Esto también es un experimento físico?
-No, psicológico. Empieza.
-11 monedas en 10 platillos y ... una en cada uno. No, no puedo, dije, y
capitulé en el acto.
-Prueba, yo te ayudaré. En el primer platillo pondremos la primera
moneda y, temporalmente, la undécima.
Yo coloqué en el primer platillo dos monedas y esperé perplejo el
desenlace.
-¿Has puesto las monedas? Está bien. La tercera moneda ponla en el
segundo platillo. La cuarta, en el tercero; la quinta, en el cuarto, y
así sucesivamente.
Hice lo que me decía. Y cuando la décima moneda la puse en el
noveno platillo, vi con sorpresa que aún estaba libre el décimo.
-En él pondremos la undécima moneda que temporalmente dejamos en
el primer platillo -dijo mi hermano, y cogiendo del primer platillo la moneda
sobrante, la depositó en el décimo.
Ahora había 11 monedas en 10 platillos. Una en cada uno. ¡Era como para
volverse loco!
Mi hermano recogió con presteza las monedas y no quiso explicarme lo que
pasaba.
-Tú mismo debes adivinarlo. Esto te será más útil e
interesante que si conoces las soluciones acabadas.
Y sin atender a mis ruegos, me propuso un nuevo problema:
-Aquí tienes seis monedas. Colócalas en tres filas, de manera que
en cada fila haya tres monedas.
-Para eso hacen falta nueve monedas.
-Con nueve monedas cualquiera puede hacerlo. No, hay que conseguirlo con seis.
-¿Otra vez algo inconcebible?
-¡Que pronto te das por vencido! Mira que sencillo es.
|
|
Figura 7
|
Cogió las monedas y las dispuso del modo siguiente:
-Aquí hay tres filas y en cada una de ellas hay tres monedas -me
explicó.
-Pero estas filas se cruzan.
-¿Y qué? ¿Dijimos acaso que no podían cruzarse?
-Si hubiera sabido que se podía hacer así, lo habría
adivinado yo mismo.
-Bueno, pues, adivina cómo se resuelve este mismo problema por otro
procedimiento. Pero no ahora, sino después, cuando tengas tiempo libre.
Y aquí tienes tres problemas más del mismo tipo.
|
|
Figura 8
|
Primero: coloca nueve monedas en 10 filas, a tres monedas en cada fila.
Segundo: distribuye 10 monedas en cinco filas, de modo que haya cuatro monedas
en cada una. Y el tercero es el siguiente. Yo dibujo un cuadrado con 36
casillas. Hay que poner en él 18 monedas, a una por casilla, de manera
que en cada fila longitudinal o transversal haya tres monedas... Espera, acabo
de acordarme de otro truco con monedas. Empuña una moneda de 15 copeikas
con una mano y otra de diez con la otra, pero no me enseñes ni me digas
qué moneda tienes en cada mano. Yo mismo lo adivinaré. Lo
único que tienes que hacer es lo que sigue: duplica mentalmente el valor
de la moneda que tienes en la mano derecha, triplica el de la que tienes en la
izquierda y suma los dos valores así obtenidos. ¿Lo has hecho ya?
-Sí.
-¿El número que resulta, es par o impar?
-Impar.
-La moneda de diez copeikas la tienes en la mano derecha y la de quince, en la
izquierda -dijo mi hermano inmediatamente y acertó.
Repetimos el juego. El resultado fue esta vez par, y mi hermano, sin
confundirse, dijo que la moneda de diez copeikas estaba en la mano izquierda.
-Acerca de este problema, reflexiona también cuando tengas tiempo -me
aconsejó mi hermano-. Y para terminar te enseñaré un
interesante juego con monedas.
Puso tres platillos en fila y colocó en el primero un montón de
monedas: debajo, una de a rublo, sobre ella, una de cincuenta copeikas, encima,
una de veinte, luego, una de quince, y finalmente, una de diez.
-Este montón de cinco monedas debe trasladarse al tercer platillo
ateniéndose a las siguientes reglas. Primera regla: las monedas
sólo se pueden trasladar de una a una. Segunda: se prohíbe
colocar una moneda mayor sobre otra menor. Tercera: las monedas se pueden poner
provisionalmente en el segundo platillo, pero cumpliendo las dos reglas
anteriores, y al final todas las monedas deben estar en el tercer platillo y en
el mismo orden que tenían al principio. Como ves, las reglas no son
difíciles de cumplir. Cuando quieras puedes empezar.
|
|
Figura 9
|
Comencé a transponer las monedas. Puse la de diez copeikas en el tercer
platillo, la de quince, en el segundo, y me quedé cortado. ¿Dónde
poner la de veinte copeikas siendo mayor que la de diez y que la de quince?
-¿Qué te pasa?, intervino mi hermano. Pon la moneda de diez copeikas en
el platillo de en medio, sobre la de quince. Así queda libre el tercer
platillo para la moneda de veinte copeikas.
Hice lo que decía, pero me encontré con una nueva dificultad.
¿Dónde colocar la moneda de cincuenta copeikas? Sin embargo, pronto
caí en lo que había que hacer: pasé primero la moneda de
diez copeikas al primer platillo, la de quince al tercero y luego, la de diez
también al tercero. Ahora podía poner la de cincuenta copeikas en
el platillo de en medio, que había quedado libre. Después de
muchas transposiciones logré trasladar también el rublo y reunir,
por fin, todo el montón de monedas en el tercer platillo.
-¿Cuántas transposiciones has hecho en total?, me preguntó mi
hermano, aprobando mi trabajo.
-No las he contado.
-Vamos a contarlas. Lo más interesante es saber cuál es el
número mínimo de movimientos con que se puede lograr el fin
propuesto. Si el montón fuera no de cinco monedas, sino de dos
solamente, de la de quince copeikas y de la de diez, por ejemplo,
¿cuántos movimientos habría que hacer?
-Tres: pasar la diez al platillo de en medio, la de quince al tercero y luego
la de diez, también al tercero.
-Muy bien. Añadamos ahora otra moneda -la de veinte copeikas- y contemos
cuántos movimientos hay que hacer para trasladar el montón
formado por estas monedas. Lo haremos así: primero pasaremos
sucesivamente las dos monedas menores al platillo de en medio. Para esto, como
ya sabemos, hay que hacer tres movimientos. Después pasaremos la moneda
de veinte copeikas al tercer platillo, que está libre y será un
paso más. Y, por fin, trasladaremos las dos monedas del platillo de en
medio al tercer platillo, para lo cual habrá que hacer otros tres
movimientos. En total serán 3 + 1 + 3 = 7 movimientos.
-Déjame que cuente yo mismo los movimientos que hay que hacer para
trasladar cuatro monedas. Primero pasaré las tres menores al platillo de
en medio, haciendo siete movimientos, después pondré la moneda de
cincuenta copeikas en el tercer platillo, y será un movimiento
más, y luego volveré a trasladar las 3 monedas menores al tercer
platillo, para lo que tendré que hacer otros siete movimientos. En total
serán 7 + 1 + 7 = 15.
-Perfectamente.. ¿Y para cinco monedas?
-15 + 1 + 15 = 31.
-Ves, ya sabes cómo se hace el cálculo. Pero te voy a
enseñar cómo se puede simplificar. Fíjate, todos los
números que hemos obtenido, 3, 7, 15, 31, son el producto de 2 por
sí mismo, efectuado una o varias veces, pero restándole una
unidad. ¡Observa!, dijo mi hermano y escribió la siguiente tabla:
3=2*2-1,
7=2*2*2-1,
15=2*2*2*2-1,
31=2*2*2*2*2-1.
-Entendido: hay que tomar el número dos como factor tantas veces como
monedas hay que trasladar, y luego restar una unidad. Ahora podría
calcular el número de pasos para cualquier montón de monedas. Por
ejemplo, para siete monedas:
2*2*2*2*2*2*2-1=128-1=127.
-Bueno, has comprendido este antiguo juego. Pero debes saber una regla
práctica más: si el número de monedas del montón es
impar, la primera moneda se pasa al tercer platillo, y si es par, se pasa al
platillo de en medio.
-Has dicho que es un juego antiguo. Entonces, ¿no lo has inventado tú?
-No, yo lo único que he hecho es aplicarlo a las monedas. Pero este
juego es de procedencia muy antigua y quizá sea de origen hindú.
En la India existe una leyenda interesantísima ligada a este juego. En
la ciudad de Benarés hay, por lo visto, un templo en el cual el dios
hindú Brahma, cuando creó el mundo, puso tres barritas de
diamante y ensartó en una de ellas 64 discos de oro: el mayor debajo y
cada uno de los siguientes, menor que el anterior. Los sacerdotes de este
templo tienen la obligación de pasar sin descanso, día y noche,
estos discos de una barrita a otra, utilizando la tercera como auxiliar y
siguiendo las reglas de nuestro juego, es decir, pasando cada vez un solo
disco, sin poner nunca uno mayor sobre otro menor. Dice a leyenda que cuando
los 64 discos hayan sido trasladados, se acabará el mundo.
-¡Entonces, ya hace tiempo que no debía existir!
-¿Tú crees que el traslado de los 64 discos no ocupa mucho tiempo?
-Naturalmente. Haciendo un movimiento cada segundo, se pueden hacer 3600
traslados en una hora.
-¿Y qué?
-Y en un día, cerca de 100 mil. En diez días, un millón.
Con un millón de pasos creo que se pueden trasladar no 64 discos, sino
todo un millar.
-Pues, te equivocas. Para trasladar 64 discos se necesitan aproximadamente 500
mil millones de años.
-¿Cómo es eso? El número de pasos es igual solamente al producto
de 64 doses, y esto da...
-«Nada más» que 18 trillones y pico.
-Espera un poco, ahora hago la multiplicación y veremos.
-Perfectamente. Y mientras tú multiplicas tendré tiempo de ir a
hacer algunas cosas -dijo mi hermano y se fue.
Yo hallé primeramente el producto de 16 doses y después este
resultado, 65.536, lo multipliqué por sí mismo, y con lo que
obtuve repetí esta operación. El trabajo era bastante aburrido,
pero me armé de paciencia y lo llevé hasta el fin. Me
resultó el siguiente numero:
18 446 744 073 709 551 616.
¡Mi hermano tenía razón!
Cobré ánimo y me puse a resolver los problemas que él me
había propuesto para que yo los hiciera sin su ayuda. Resultó que
no eran difíciles y que algunos incluso eran muy fáciles. Con las
11 monedas en los diez platillos la cosa tenía gracia por su sencillez:
en el primer platillo pusimos la primera y la undécima moneda; en el
segundo, la tercera, después, la cuarta y así sucesivamente.
Pero, ¿dónde pusimos la segunda? ¡En ninguna parte! Ahí
está el secreto. También es muy fácil el secreto para
adivinar en qué mano está la moneda de diez copeikas: todo se
reduce a que la moneda de 15 copeikas, cuando se duplica, da un número
par, y cuando se triplica, un número impar; en cambio, la de diez
copeikas da siempre un número par; por esto, si de la suma resultaba un
número par, quería decir que la de 15 copeikas había sido
duplicada, es decir, que estaba en la mano derecha, y si la suma era impar, es
decir, si la de 15 copeikas había sido triplicada, se hallaba en la mano
izquierda.
|
|
Figura 10
|
Las soluciones de los problemas referentes a colocaciones de monedas se ven
claramente en los dibujos siguientes (figura 10).
|
|
Figura 11
|
Finalmente, el problema de las monedas y las casillas se resuelve como muestra
la figura 11: las 18 monedas han sido alojadas en el cuadrado de 36 casillas y
en cada fila hay tres monedas.
Perdidos en un laberinto
-
Perdidos en un laberinto
-
Hombres y ratas en un laberinto
-
Regla de la mano derecha o de la mano izquierda
-
Laberintos de la antigüedad
-
Tournefort en la cueva
-
Soluciones a los problemas sobre laberintos
-¿De qué te ríes leyendo ese libro? ¿Es alguna historia
graciosa? me preguntó mi hermano.
-Sí. Es el libro de Jerome «Tres en un bote».
-Lo he leído. Es interesante. ¿En qué pasaje estás?
-En el que cuenta cómo un montón de gente se perdió en el
laberinto de un parque y no podía salir de él.
-¡Curioso cuento! Léemelo.
Leí en voz alta el cuento de los que se perdieron en el laberinto.
-«Harris me preguntó si había estado alguna vez en el laberinto
del Hampton Court. El tuvo ocasión de estar allí una vez. Lo
había estudiado en el plano y la estructura del laberinto le
pareció que era simple hasta la necedad y que, por lo tanto, no
valía la pena pagar por entrar. Pero fue allí con uno de sus
parientes.
Vamos, si quiere -le dijo él-. Pero aquí no hay nada interesante.
Es absurdo decir que esto es un laberinto. Se da una serie de vueltas hacia la
derecha y ya se está a la salida. Lo recorreremos en diez minutos.
En el laberinto se encontraron con varias personas que paseaban ya por
él cerca de una hora y que celebrarían el poder salir. Harris les
dijo que, si querían, podían seguirle: él acababa de
entrar y sólo quería dar una vuelta. Ellos le respondieron que lo
harían con mucho gusto y lo siguieron.
Por el camino se les fue incorporando más gente, hasta que por fin se
reunió todo el público que se hallaba en el laberinto. Como
habían perdido ya toda esperanza de salir de allí y de poder ver
alguna vez a sus familiares y amigos, se alegraban de ver a Harris, se
unían a su comitiva y hasta lo bendecían. Según Harris, se
juntaron unas veinte personas, entre ellas una mujer con un niño, que
llevaba ya toda la mañana en el laberinto y que ahora se aferró a
su mano para no perderse por casualidad. Harris torcía siempre hacia la
derecha, pero el camino resultó ser muy largo y su pariente le dijo que,
por lo visto, el laberinto era muy grande.
-¡Sí, uno de los más grandes de Europa! -le aseguró Harris.
-Me parece -prosiguió el pariente- que ya hemos recorrido dos buenas
millas.
Harris empezaba a sentirse preocupado, pero siguió animoso hasta que se
toparon con un trozo de galleta que estaba tirada en el suelo. Su pariente
juró que había visto aquel trozo de galleta hacía siete
minutos.
-¡No puede ser! -replicó Harris. Pero la señora que llevaba al
niño aseguró que sí podía ser, porque a ella misma
se le había caído aquel trozo antes de encontrarse con Harris. Y
después añadió que mejor hubiera sido no encontrarse con
él, porque suponía que era un embustero. Esto hizo que Harris se
indignara: sacó el plano y explicó su teoría.
-El plano vendría muy bien -le indicó uno de sus
compañeros de viaje- si supiéramos dónde nos encontramos.
Harris no lo sabía y dijo que, a su parecer, lo mejor sería
volver a la entrada y comenzar de nuevo. La última parte de su
proposición no despertó gran entusiasmo, pero la primera
-referente a volver a la entrada- fue aceptada por unanimidad y todos le
siguieron en su marcha atrás. Al cabo de diez minutos se encontró
el grupo en el centro del laberinto.
Harris quiso decir que aquí era a donde él se había
dirigido, pero como vio que la gente estaba de mal humor, prefirió
aparentar que había llegado allí casualmente.
De todas maneras había que ir a alguna parte. Ahora ya sabían
donde estaban y, como es natural, echaron una ojeada al plano. Al parecer no
era difícil salir de allí y, por tercera vez, emprendieron la
marcha.
Tres minutos más tarde estaban... de nuevo en el centro del laberinto.
Después de esto ya no había manera de deshacerse de él.
Cualquiera que fuera la dirección que tomaran, volvían
inevitablemente al centro. Esto se repetía con tal regularidad, que
algunos decidieron quedarse allí y esperar a que los demás
hicieran su recorrido siguiente y retornaran a donde ellos estaban. Harris
sacó el plano, pero, al verlo, la multitud se puso furiosa.
Por fin se desconcertaron y empezaron a llamar al guarda. Este apareció,
se subió a una escalera de mano y les gritó hacia donde
tenían que ir.
Sin embargo, estaban ya tan atontados, que no consiguieron entender nada.
Entonces, el guarda les gritó que no se movieran de donde estaban y que
le esperasen. Ellos se apiñaron dispuestos a esperar, y él
bajó de la escalera y se dirigió hacia ellos.
El guarda era joven y no tenía experiencia; una vez dentro del laberinto
no consiguió encontrarlos, todos sus intentos de llegar a ellos
fracasaron, y por fin, él mismo se perdió. De vez en cuando ellos
le veían aparecer y desaparecer, ya en un punto ya en otro, al otro lado
del seto vivo, y él, al distinguirlos, corría hacia ellos, pero
al cabo de un minuto volvía a aparecer en el mismo sitio y les
preguntaba dónde se habían metido.
|
|
Figura 12
|
Y no tuvieron más remedio que esperar hasta que vino en su ayuda uno de
los guardas antiguos. »
-A pesar de todo dije yo, después de terminar la lectura, fueron torpes,
porque, teniendo el plano en la mano, no encontrar el camino...
-Y ¿tú crees que lo encontrarías enseguida?
-¿Por el plano? ¡Cómo no!
-Pues, espera. Yo creo que tengo el plano de ese laberinto -dijo mi hermano y
empezó a buscar en su estante.
-Pero, ¿este laberinto existe en realidad?
-¿Hampton Court? Claro que existe. Está cerca de Londres. Hace ya
más de doscientos años que lo hicieron. Aquí está
el plano. Resulta que no es tan grande: tiene en total 1000 metros cuadrados.
Mi hermano abrió el libro en que estaba representado el pequeño
plano.
-Figúrate que tú estás aquí, en la plazoleta
central del laberinto, y que quieres salir fuera. ¿Qué camino
tomarías para ello? Sácale punta a una cerilla e indica con ella
la ruta a seguir.
Puse la punta de la cerilla en el centro del laberinto y la deslicé
resueltamente por los sinuosos pasadizos del plano. Pero la cosa resultó
ser más difícil que lo que yo pensaba. Después de dar
varias vueltas, me encontré de nuevo en el pradejón central, lo
mismo que los héroes de Jerome de que me había reído.
-Lo ves: el plano tampoco ayuda mucho. Pero las ratas resuelven el problema sin
necesidad de plano.
-¿Las ratas? ¿Qué ratas?
-Las ratas de que habla este libro. ¿Tú crees que ésta es una
obra sobre jardinería? No, es un tratado acerca de las facultades
mentales de los animales.
Para comprobar la inteligencia de las ratas, los científicos hacen, de
escayola, una especie de laberinto y meten en él a los animales que
desean experimentar. Según dice este libro, las ratas encontraban el
camino en el laberinto de Hampton Court, de escayola, en media hora, es decir,
más deprisa que la gente de que habla Jerome.
-A juzgar por el plano, el laberinto no parece complicado. No piensas que es
tan traicionero.
-Existe una regla muy sencilla, conociendo la cual uno entra en un laberinto
cualquiera sin temor a no encontrar el camino para volver a salir.
-¿Qué regla es esa?
-Hay que ir por el laberinto pasando por su pared la mano derecha -o la
izquierda, es igual---, pero la misma durante todo el tiempo.
|
|
Figura 13
|
-¿Y eso es todo?
-Sí. Puedes probar esta regla en la práctica dándote
mentalmente un paseo por el plano.
Yo puse en caminó mi cerilla, teniendo en cuenta la regla antedicha, y,
en efecto, bien pronto llegué desde la entrada exterior hasta el centro
del laberinto y desde aquí hasta la salida al exterior.
-¡Magnífica regla!
-No del todo -repuso mi hermano-. Esta regla es buena para no perderse en el
laberinto, pero no sirve para recorrer todos sus caminos sin excepción.
-Sin embargo, yo he pasado ahora por todos los paseos del plano sin omitir
ninguno.
-Estás equivocado: si hubieras marcado con una raya punteada el camino
recorrido, hubieses descubierto que en uno de los paseos no has estado.
-¿En cuál?
-En este que señalo con una estrellita en el plano (figura 13).
Aquí no has estado. En otros laberintos esta regla te llevará a
dejar de lado grandes partes de los mismos, de manera, que aunque
saldrás de ellos felizmente, no los verás en su totalidad.
-Pero, ¿existen muchos laberintos diferentes?
-Sí, muchos. Ahora sólo se hacen en jardines y parques: en ellos
yerras al aire libre entre altos muros de setos vivos. Pero en la
antigüedad hacían laberintos dentro de vastos edificios y en
subterráneos. Se hacía esto con el cruel objeto de condenar a los
desgraciados que allí metían a errar desesperados por una
ingeniosa red de corredores, pasadizos y salas, hasta morir de hambre.
Así era, por ejemplo, el laberinto legendario de la isla de Creta,
construido, según la tradición, por orden del rey Minos. Sus
pasadizos estaban tan embrollados, que su propio constructor, Dédalo, al
parecer, no pudo encontrar la salida. El poeta romano Ovidio describe
así este edificio:
Al hacer la casa laberinto, con ciegos muros y techo, Dédalo -genio
constructor, célebre entonces erigió un edificio, de
peculiaridades exento, Cuyos largos corredores curvos, formando red, En
sentidos diversos se extendían para burlar ojos escrutadores.
Y más adelante dice que... Caminos sin cuento hizo Dédalo en la
casa dicha, Tantos, que difícil le era a él mismo hallar la
salida.
Otros laberintos de la antigüedad -prosiguió mi hermano-
tenían por objeto guardar las sepulturas de los reyes,
protegiéndolos contra los ladrones. El sepulcro se hallaba en el centro
del laberinto, de modo que si el avaricioso buscador de tesoros enterrados
conseguía llegar hasta ellos, no podía encontrar la salida: la
tumba del rey se convertía también en su tumba.
-Y ¿por qué no aplicaban la regla de que tú me has hablado antes?
-En primer lugar, porque, al parecer, en la antigüedad nadie sabía
esa regla. Y, en segundo; porque, como ya te he explicado, no da siempre la
posibilidad de recorrer todos los rincones del laberinto. Este puede
construirse de manera, que el que utilice esta regla no pase por el sitio del
laberinto en que se encuentran los tesoros ocultos.
-¿Y se puede construir un laberinto del que sea imposible salir? Está
claro que el que entre en él aplicando tu regla, podrá salir.
Pero, ¿y si se mete dentro a alguien y se deja que se pierda?
-Los antiguos pensaban que, cuando los caminos del laberinto estaban
suficientemente embrollados, era imposible salir de él. Pero esto no es
así. Puede demostrarse con certeza matemática que es imposible
construir laberintos de los cuales no se pueda salir. Es más: no
sólo se puede hallar la salida de cualquier laberinto, sino
también recorrer absolutamente todos sus rincones. Lo único que
hace falta es acometer la empresa siguiendo un sistema riguroso y tomando
ciertas medidas de seguridad. Hace 200 años, el botánico
francés Tournefort se atrevió a visitar, en la isla de Creta, una
cueva acerca de la cual existía la tradición de que, debido a sus
innumerables pasadizos, era un laberinto sin salida. Cuevas como ésta
hay varias en Creta y tal vez fueran ellas las que dieron origen en la
antigüedad a la leyenda sobre el laberinto del rey Minos. ¿Qué hizo
el botánico francés para no perderse? He aquí lo que
acerca de esto cuenta el matemático Lucas, compatriota suyo.
Mi hermano cogió del estante un libro viejo titulado «Distracciones
Matemáticas» y leyó en alta voz el siguiente pasaje, que yo
copié luego:
«Después de deambular algún tiempo con nuestros compañeros
por toda una red de corredores subterráneos, llegamos a una
galería larga y ancha que conducía a una amplia sala en la
profundidad de laberinto. En media hora, dijo Tournefort, hemos dado 1460 pasos
por esta galería, sin desviarnos a la derecha ni a la izquierda... A
ambos lados de ella hay tantos corredores, que si no tomamos las precauciones
necesarias nos perderemos inevitablemente; y como teníamos
muchísimas ganas de salir de aquel laberinto, nos preocupamos de
asegurar el camino de retorno.
En primer lugar, dejamos a uno de nuestros guías a la entrada de la
cueva y le ordenamos que, si no regresábamos antes de que fuera de
noche, reuniera gente de las aldeas vecinas para acudir en socorro nuestro. En
segundo lugar, cada uno de nosotros llevaba una antorcha encendida. En tercero,
en todos los recodos que pensábamos serían difíciles de
encontrar después, fijábamos en la pared derecha un papel con un
número. Y, en cuarto, uno de nuestros guías iba dejando por el
lado izquierdo hacecillos de endrina, preparados de antemano, y otro
guía rociaba el camino con paja cortada que llevaba en un saco».
Todas estas engorrosas precauciones -dijo mi hermano, cuando terminó la
lectura del trozo- no son tan necesarias como pueden parecerte. En la
época de Tournefort no se podía proceder de otro modo, porque
entonces aún no había sido resuelto el problema de los
laberintos. Pero ahora ya se han elaborado unas reglas menos embarazosas para
explorar los laberintos, y tan seguras como las medidas tomadas por el
botánico francés.
-¿Y tú conoces esas reglas?
-Sí. No son difíciles. La primera regla consiste en que, una vez
que se entre en el laberinto, se va por cualquier camino hasta que se llega a
un corredor sin salida o a una encrucijada. Si se llega a un corredor sin
salida, se vuelve atrás y a su entrada se ponen dos piedrecitas, que
indicarán que dicho corredor ha sido recorrido dos veces. Si se llega a
una encrucijada, se seguirá adelante por cualquiera de los corredores,
señalando cada vez con una piedrecita el camino por el cual se
llegó y el camino por el que se prosigue. Esta es la primera regla. La
segunda dice lo siguiente: si por un nuevo corredor se llega a un cruce en el
que ya se estuvo antes (lo que se nota por las piedrecitas), inmediatamente hay
que retornar por dicho corredor y poner a su entrada dos piedrecitas.
Finalmente, la tercera regla requiere que, si se llega a una encrucijada, ya
visitada, por un corredor por el cual ya se ha pasado una vez, hay que
señalar este camino, con una segunda piedrecita y seguir por uno de los
corredores aún no recorridos ninguna vez. Si tal corredor no existe, se
opta por uno a cuya entrada sólo haya una piedrecita (es decir, por un
corredor recorrido una sola vez). Observando estas reglas pueden recorrerse dos
veces, una en un sentido y otra en el opuesto, todos los corredores del
laberinto, sin dejar ni un solo rincón, y salir de él feliz
mente. Yo tengo varios planos de laberintos que recorté en su tiempo de
revistas ilustradas (figuras 14, 15 y 16).
Si quieres puedes intentar recorrerlos. Espero que, después de lo que
ya sabes, no corras peligro de perderte en ellos.
Y si tienes bastante paciencia, puedes hacer en el patio de nuestra casa un
laberinto semejante, por ejemplo, al de Hampton Court, del que escribía
Jerome. Para ello puedes contar con la ayuda de tus amigos y con la nieve que
hay allí.
|
|
Figura 14
|
|
|
Figura 15
|
|
|
Figura 16
|
|