Capítulo 8
Reflexión y Refracción
Contenido:
1.
¿Cómo ver a través de las paredes?
2.
La cabeza parlante
3.
¿Delante o detrás?
4.
¿Se puede ver un Espejo?
5.
¿A quién vemos cuando nos miramos en un espejo?
6.
El Dibujo Delante del Espejo
7.
Una precipitación económica
8.
El vuelo de la corneja
9.
Lo nuevo y lo viejo del caleidoscopio
10.
Los Palacios de Ilusiones y de Espejismos
11.
¿Por qué y cómo se refracta la luz?
12.
¿Cúando se recorre más pronto un camino largo que otro corto?
13.
Los nuevos robinsones
14.
¿Cómo Hacer Fuego con el Hielo?
15.
Con ayuda de los rayos solares
16.
Lo viejo y lo nuevo del espejismo
17.
El rayo verde
1. ¿Cómo ver a través de las paredes?
Allá por los años noventa del siglo pasado, se vendía un juguete muy
interesante, al que se daba la pomposa denominación de "aparato de Roentgen".
Recuerdo mi preocupación cuando, siendo todavía escolar, cogí por primera vez
esta ingeniosa invención. Su tubo permitía ver todo a través de cuerpos
totalmente opacos.
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Fig. 95. El "aparato de Roentgen" de juguete.
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Yo distinguía todo cuanto nos rodeaba, no sólo a través de
un papel grueso, sino también a través de la hoja de un cuchillo, que es
impenetrable hasta para los verdaderos rayos X. El secreto de este sencillo
juguete queda completamente claro si nos fijamos en la fig. 95, que representa
el prototipo del tubo a que nos referimos. Cuatro espejos inclinados bajo
ángulos de 45°, reflejan los rayos de luz varias veces, haciéndoles dar un
rodeo, por decirlo así, en torno del objeto opaco.
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Fig. 96. Periscopio.
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Un aparato semejante se emplea mucho con fines militares. Con él se puede
vigilar al enemigo sin necesidad de sacar la cabeza de la trinchera ni de
exponerse a su fuego. Este aparato se llama "periscopio" (fig. 96).
Cuanto más largo es el camino a seguir por los rayos de luz, desde que entran
en el periscopio hasta que llegan al ojo del observador, tanto menor es el
campo visual del aparato. Para aumentar este campo se emplean cristales
ópticos (lentes).
Pero estos cristales
absorben parte de la luz que entra en el periscopio, con lo cual la nitidez de
los objetos que se ven empeora. Lo antedicho establece unos límites
determinados a la altura del periscopio. Una altura de dos decenas de metros
puede considerarse ya como próxima al límite. Los periscopios más altos tienen
un campo visual extraordinariamente pequeño y proporcionan imágenes borrosas,
sobre todo cuando el tiempo está nublado.
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Fig. 97. Esquema del periscopio de los submarinos.
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Los capitanes de los submarinos también observan los buques que van a atacar a
través de un periscopio, es decir, de un tubo largo, cuyo extremo sobresale del
agua. Estos periscopios son mucho más complicados que los de infantería o
artillería, pero su fundamento es el mismo, y se reduce, a que los rayos de luz
se reflejan en un espejo (o prisma), que hay sujeto en la parte saliente del
periscopio, y siguiendo a lo largo del tubo, vuelven a reflejarse otra vez en
la parte inferior del mismo, después de lo cual llegan al ojo del observador
(fig. 97).
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2. La cabeza parlante
Esta "maravilla" se mostraba hace aún no muchos años en los "museos" y
"panópticos" ambulantes de las ferias provinciales. Era algo que llamaba
verdaderamente la atención del profano. Este veía ante sí una mesita, en la
que, sobre un plato, se encontraba... ¡una cabeza humana viva, que movía los
ojos, hablaba y comía! Debajo de la mesa no parecía haber sitio para ocultar
el cuerpo. Aunque no era posible acercarse a ella, porque lo impedía una
barrera, se veía perfectamente que debajo de la mesa no había nada.
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Fig. 98. El secreto de la "cabeza parlante".
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Si tenéis ocasión de presenciar alguna "maravilla" de éstas, tirad una bolita
de papel debajo de la mesa. El secreto se descubrirá en el acto. La bolita de
papel rebotará en... ¡un espejo! Incluso si no llega a la mesa, la pelotita
descubrirá la existencia del espejo, puesto que se reflejará en él su imagen
(fig. 98).
Para que el espacio que hay debajo de una mesa parezca de lejos vacío, basta
poner un espejo entre las patas, por cada lado. Claro que, para que la ilusión
sea perfecta, en estos espejos no deberá reflejarse ni el moblaje de la
habitación ni el público. Es decir, la habitación deberá estar vacía, sus
paredes deberán ser exactamente iguales, el suelo deberá estar pintado de un
color uniforme y sin dibujos y el público situarse a bastante distancia de los
espejos.
El secreto es ridículamente sencillo, pero mientras no se conoce en que
consiste, se rompe uno la cabeza en adivinanzas.
Este truco se presenta con frecuencia de una forma más espectacular. El
prestidigitador enseña primeramente al público una mesa vacía. Tanto debajo,
como sobre ella, no hay nada. Acto seguido, traen de dentro de la escena una
caja cerrada, en la cual se asegura que está la "cabeza viva, sin cuerpo". En
realidad, esta caja está vacía. El prestidigitador coloca la caja sobre la
mesa, abre su pared delantera y, ante el público asombrado, aparece la "cabeza
parlante". El lector se habrá figurado ya, seguramente, que el tablero de la
mesa tiene una parte de quita y pon, que cierra un agujero, por el cual, en
cuanto ponen sobre él la caja vacía y sin fondo, saca la cabeza la persona que
está sentada debajo de la mesa, oculta detrás de los espejos. Este truco tiene
otras muchas variantes, pero no vamos a entretenernos en enumerarlas, puesto
que el mismo lector, cuando las vea, podrá explicárselas.
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3. ¿Delante o detrás?
Hay no pocos objetos domésticos que generalmente se utilizan mal. Ya hemos
hablado anteriormente de cómo algunos no saben emplear el hielo para enfriar
las bebidas, y ponen éstas sobre el hielo, en lugar de colocarlas debajo de él.
Pero suele ocurrir también, que no todos saben utilizar un simple espejo. Hay
muchas personas que para verse mejor en el espejo, colocan una lámpara a su
espalda, con objeto de que "alumbre su reflejo", en lugar de alumbrarse a sí
mismas. Estamos seguros de que nuestros lectores no incurren en este error.
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4. ¿Se puede ver un espejo?
He aquí otra demostración de lo poco que conocemos a nuestro vulgar espejo. La
mayoría de la gente da una respuesta errónea a la pregunta que encabeza este
párrafo, a pesar de que cada día se mira al espejo.
Los que crean que se puede ver un espejo, están equivocados. Un espejo que sea
bueno y limpio es invisible. Se puede ver su marco, sus bordes, los objetos
que se reflejan en él, pero el propio espejo, si no está sucio, no se ve. Toda
superficie reflectora, a diferencia de las que dispersan la luz, es de por sí
invisible. (De ordinario, las superficies reflectoras son pulimentadas y las
que dispersan la luz son mate.)
Todos los trucos y artificios engañosos basados en el empleo de espejos, como
por ejemplo, el de la cabeza que acabamos de describir, parten precisamente de
esta particularidad de los espejos, de que siendo invisibles de por sí, son
visibles las imágenes de los objetos que en ellos se reflejan.
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5. ¿A quién vemos cuando nos miramos en un espejo?
"Indudablemente, nos vemos a nosotros mismos -responden muchos-, la imagen que
vemos en el espejo es una fidelísima copia nuestra, idéntica a nosotros en
todos los detalles".
No obstante, ¿quiere usted convencerse de este parecido? Pues, si tiene usted
un lunar en la mejilla derecha, su gemelo del espejo no lo tendrá en dicha
mejilla, mientras que en su mejilla izquierda tendrá una manchita que usted no
tiene. Si usted se peina hacia la derecha, su gemelo se peinará hacia la
izquierda. Si tiene usted la ceja derecha más alta y poblada que la izquierda,
él, al contrario, tendrá esta ceja más baja y despoblada que la izquierda. Si
usted lleva el reloj en la mano izquierda y el librito de notas en el bolsillo
derecho de la chaqueta, su gemelo del espejo tendrá la costumbre de llevar el
reloj en la mano derecha y el librito de notas en el bolsillo izquierdo de la
chaqueta. Y fíjese usted en la esfera de su reloj.
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Fig. 99. Un reloj como éste es el que tiene su gemelo del espejo.
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Nunca tuvo usted uno semejante. La disposición de las cifras en este reloj
es muy extraña; por ejemplo, la cifra ocho está representada de una forma que
nadie la escribe, IIX, y está situada en lugar de la cifra doce; después de las
seis, van las cinco, etc.; además, las manecillas del reloj de su gemelo se
mueven en dirección contraria a lo normal.
Finalmente, su gemelo del espejo tiene un defecto físico, que creemos que usted
no tiene; nos referimos a que es zurdo. Escribe, cose, come, etc., con la mano
izquierda, y si quiere usted estrechar su mano, le tenderá la izquierda.
Por otra parte es difícil esclarecer si este gemelo sabe leer y escribir. Si
sabe, lo hace de una forma muy particular. Es muy posible que usted no pueda
leer ni un solo renglón del libro que él tiene en la mano, o una sola palabra
de los garabatos que él escribe con su mano izquierda.
¡Así es el que pretende ser una exacta copia suya! Y usted quiere juzgar por
él su propio aspecto.
Pero dejando las bromas a un lado, si usted cree que cuando se mira al espejo
se ve a sí mismo, se equivoca. La cara, el cuerpo y el vestido de la mayoría
de las personas, no son simétricos (a pesar de que generalmente no nos damos
cuenta de ello). El lado derecho no es completamente igual al izquierdo. En
el espejo, todas las peculiaridades de la mitad derecha, pasan a la izquierda,
y al contrario, de tal forma, que la figura que aparece ante nosotros produce
con frecuencia una impresión totalmente diferente a la nuestra.
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6. El dibujo delante del espejo
La falta de identidad entre la imagen que refleja el espejo y el original, se
pone aún más de manifiesto en el experimento siguiente:
Pongamos verticalmente, sobre la mesa que tenemos delante, un espejo, tomemos
un papel e intentemos dibujar en él cualquier figura geométrica, por ejemplo,
un rectángulo con sus diagonales. Pero no mirando directamente a la mano que
dibuja, sino a los movimientos que hace su imagen reflejada en el espejo.
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Fig. 100. Dibujando delante de un espejo.
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Nos convenceremos de cómo, esto que parece tan sencillo, es algo casi imposible
de realizar. Durante muchos años, nuestras impresiones visuales y nuestro
sentido de los movimientos han llegado a una determinada coordinación. El
espejo infringe esta relación, al invertir ante nuestros ojos el movimiento de
la mano. Nuestras antiguas costumbres se rebelarán contra cada uno de estos
movimientos. Cuando queremos trazar una línea hacia la derecha, la mano tira
hacia la izquierda, etc.
Todavía nos encontraremos con mayores rarezas, si en lugar de hacer un simple
dibujo intentamos pintar figuras más complejas o escribir algo mirando los
renglones que se ven en el espejo. Resultará una confusión francamente cómica.
Las impresiones que quedan en el papel secante, también son
simétrico-invertidas, como las del espejo. Si nos fijamos en ellas e
intentamos leerlas, no entenderemos ni una palabra, aunque la letra sea clara.
Las letras tienen una inclinación anormal hacia la izquierda, y, sobre todo,
los trazos se suceden de una manera, a la cual no estamos acostumbrados. Pero
si colocamos junto al papel secante un espejo, de manera que forme con aquél un
ángulo recto, veremos en él todas las letras escritas tal como estamos
acostumbrados a verlas. Ocurre esto, porque el espejo nos da un reflejo
simétrico de aquello que de por sí ya es una impresión simétrica de un escrito
usual.
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7. Una precipitación económica
Sabemos que en todo medio homogéneo la luz se propaga en línea recta, es decir,
por el camino más corto. Pero la luz elige el camino más corto incluso cuando
no va directamente de un punto a otro, sino que antes de llegar al segundo
tiene que reflejarse en un espejo.
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Fig. 101. El ángulo de reflexión 2, es igual al ángulo de incidencia 1.
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Sigamos atentamente este camino. Supongamos que el punto A de la fig. 101 es un
foco de luz; la línea MN, un espejo, y la ABC, el camino que recorre un rayo de
luz desde el foco A hasta el ojo C. La recta KB es perpendicular a la MN.
Según las leyes de la óptica, el ángulo de reflexión 2 es igual al ángulo de
incidencia 1. Sabiendo esto, es fácil demostrar, que de todos los caminos
posibles de A a C, que pasan por el espejo MN, el ABC es el más corto. Para
ello, comparemos el camino del rayo ABC con otro cualquiera, por ejemplo, con
el ADC (fig. 102). Bajemos una perpendicular AE desde el punto A a la recta
MN, y prolonguémoslo hasta su intersección con la continuación del rayo BC, en
el punto F. Unamos también los puntos F y D. Nos convenceremos, en primer
lugar, de que los triángulos ABE y EBF son iguales. Son rectángulos y tienen
común el cateto EB; además, los ángulos EFB y EAB son iguales entre sí, por
serlo sus correspondientes 1 y 2. Por consiguiente, AE = EF. De aquí se
desprende que los triángulos rectángulos AED y EDF son iguales por tener los
dos catetos iguales y, por consiguiente, AD es igual a DF.
En vista de esto, podemos sustituir el camino ABC por su igual CBF (ya que AB =
FB) y el camino ADC por el CDF. Pero si comparamos entre sí las líneas CBF y
CDF, veremos que la línea recta CBF es más corta que la quebrada CDF. De donde
se deduce, que el camino ABC es más corto que el ADC, como queríamos demostrar.
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Fig. 102. La luz, al reflejarse, sigue el camino más corto
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Donde quiera que se encuentre el punto D, el camino ABC será siempre más corto
que el ADC, mientras el ángulo de reflexión sea igual al ángulo de incidencia.
Es decir, que la luz elige efectivamente el camino más corto, de todos los
posibles, entro el foco luminoso, el espejo y el ojo. Este hecho fue señalado
por primera vez por Herón de Alejandría.
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8. El vuelo de la corneja
Sabiendo hallar el camino más corto en casos análogos al que acabamos de
examinar, podemos resolver también algunos acertijos. A continuación ofrecemos
un ejemplo de problemas de este tipo.
En la rama de un árbol está posada una corneja. Abajo, en la calle, hay
derramados granos de trigo. La corneja planea desde su rama, coge un grano y
va a posarse sobre una valla. Se pregunta, ¿dónde deberá coger el grano la
corneja, para que su camino sea el más corto? (fig. 103).
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Fig. 103. El problema de la corneja. Hallar el camino más corto hasta la
valla.
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Fig. 104. Solución del problema de la corneja.
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Este problema es completamente igual al anterior. Por esto, no es difícil dar
una respuesta acertada, como la siguiente: la corneja deberá imitar al rayo de
luz, es decir, volar de tal manera, que el ángulo 1 sea igual al ángulo 2 (fig.
104). Como vimos antes, en este caso, el camino será el más corto.
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9. Lo nuevo y lo viejo del caleidoscopio
Todos conocemos un buen juguete, que se llama caleidoscopio. Un puñado de
trocitos multicolores de vidrio se refleja en tres espejos planos, formando
figuras de singular belleza, las cuales varían en cuanto el caleidoscopio se
hace girar lo más mínimo. Pero aunque el caleidoscopio es muy conocido, son
pocos los que sospechan la enorme cantidad de figuras diferentes que pueden
obtenerse con este juguete. Supongamos que tenemos un caleidoscopio en el que
hay 20 trocitos de vidrio y que lo giramos 10 veces por minuto, para hacer que
los trocitos reflejados adopten nuevas posiciones. ¿Cuánto tiempo
necesitaríamos para ver todas las figuras que se pueden formar?
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Fig. 105. Caleidoscopio.
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Ni la inteligencia más vehemente puede prever una respuesta acertada a esta
pregunta. Los océanos se secarían y las cadenas montañosas desaparecerían,
antes de que pudiéramos acabar de ver todos los dibujos, que de forma tan
maravillosa se encierran en este pequeño juguete; porque para efectuar todas
las combinaciones posibles se necesitarían, por lo menos, 500 000 millones de
años. Es decir, ¡más de quinientos millones de milenios habría que estar
girando nuestro caleidoscopio, para ver todos los dibujos!
Esta infinita variedad de dibujos, eternamente cambiantes, hace ya mucho tiempo
que llamó la atención de los decoradores, cuya fantasía no puede competir con
la inagotable inventiva de este aparato. El caleidoscopio produce con
frecuencia dibujos de singular belleza, que pueden servir perfectamente de
motivos ornamentales para tapices, de dibujos para tejidos, etc.
Sin embargo, hoy día el caleidoscopio no despierta ya el interés con que fue
acogido, como novedad, hace cien años. En aquella época era cantado en prosa y
en verso.
El caleidoscopio fue inventado en Inglaterra en el año 1816 y al cabo de un año
o de año y medio penetró en Rusia, donde fue acogido con admiración. El
fabulista A. Izmailov, en la revista "Blagonamerenni" (julio de 1818), escribía
lo siguiente sobre el caleidoscopio:
"Leí un anuncio del caleidoscopio y conseguí uno de estos, maravillosos
aparatos,
Miro, y, ¿qué ven mis ojos?
En distintas figuras y estrellas,
Zafiros, rubíes, topacios.
Y esmeraldas, y diamantes,
Y amatistas, y perlas,
Y nácar, y todo, ¡do repente!
Y en cuanto la mano muevo,
Mis ojos ven algo nuevo.
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No sólo en verso, sino hasta en prosa es imposible describir todo lo que se ve
en el caleidoscopio. Las figuras cambian cada vez que se mueve la mano, sin
que se parezcan las unas a las otras. ¡Qué dibujos tan preciosos! ¡Oh, si fuera
posible trasladarlos al cañamazo! Pero, ¿dónde conseguir sedas tan brillantes?
¿Qué otro entretenimiento puede ser más agradable? Es preferible mirar el
caleidoscopio, que hacer solitarios.
Se asegura que el caleidoscopio se conocía ya en el siglo XVII. Recientemente
ha sido restaurado y perfeccionado en Inglaterra, desde donde hace un par de
meses pasó a Francia. Uno de los ricos de aquel país ha encargado un
caleidoscopio que cuesta 20 000 francos. En vez de cuentas y vidrios
multicolores, ha pedido que se pongan perlas y piedras preciosas".
Más adelante, este fabulista cuenta una distraída anécdota sobre el
caleidoscopio y, finalmente, termina su artículo con una observación
melancólica, muy característica de la época de la servidumbre y el atraso:
"El físico-mecánico imperial, Rospini, célebre por sus magníficos instrumentos
ópticos, hace caleidoscopios y los vende por 20 rublos. Indudablemente, la
demanda de caleidoscopios es mayor que la de conferencias de física y química,
de las cuales, desgraciadamente, el bienintencionado señor Rospini no obtenía
ningún beneficio".
Durante mucho tiempo, el caleidoscopio no pasó de ser un interesante juguete,
hasta que en nuestros días ha conseguido aplicación práctica en el diseño de
dibujos. Se ha inventado un aparato que permito fotografiar las figuras que
produce el caleidoscopio y, de esta forma, "idear" mecánicamente toda clase de
ornamentos.
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10. Los palacios de ilusiones y de espejismos
¿Qué sensación experimentaríamos si, achicados hasta tener las dimensiones de
uno de los trocitos de vidrio, nos encontráramos dentro de un caleidoscopio?
Existe un procedimiento de realizar este experimento. Esta magnífica
oportunidad la tuvieron en 1900 todos los visitantes de la Exposición
Internacional de París, en la cual tuvo un gran éxito el denominado "Palacio de
las ilusiones". Este palacio era algo parecido a un caleidoscopio, pero fijo.
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Fig. 106. La triple reflexión de las paredes de la sala central produce 36
salas.
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Imaginémonos una sala hexagonal, cada una de cuyas seis paredes es un grandioso
espejo idealmente pulido. En los ángulos de esta sala de espejos hay unos
adornos arquitectónicos en forma de columnas y cornisas, que armonizan con las
molduras del techo. El espectador que se encuentra en esta sala se ve a sí
mismo, como si estuviera perdido entre una multitud de personas parecidas a él,
dentro de una infinita enfilada de salas y columnas, que lo rodean por todas
partes y que se extienden tan lejos como alcanza la vista.
Las salas que en la fig. 106 están rayadas horizontalmente, son las que
resultan de la reflexión simple; las rayadas perpendicularmente a las primeras,
las producidas por la reflexión doble, que forman en total 12 salas. La triple
reflexión añade a las anteriores otras 18 salas (rayadas oblicuamente). De
esta forma, las salas se van multiplicando a cada reflexión y su número total
depende exclusivamente de la perfección del pulimentado y del paralelismo de
los espejos que ocupan las paredes opuestas de la sala prismática.
Prácticamente se podían distinguir hasta las salas resultantes de la duodécima
reflexión, es decir, que el horizonte abarcado por la vista comprendía 468
salas.
La causa de esta "maravilla" está clara para todo aquel que conozca las leyes
de la reflexión de la luz, ya que se reduce a que tenemos tres pares de espejos
paralelos y diez pares de espejos colocados en ángulo. Nada tiene de
particular, pues, la gran cantidad de reflexiones que se producen.
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Fig. 107.
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Fig. 108. El secreto del "Palacio de los espejismos"
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Más interesantes aún eran los efectos ópticos que se consiguieron en la
Exposición de París en el llamado "Palacio de los espejismos". Los
constructores de este "palacio" unieron al infinito número de reflexiones, la
mutación instantánea de todo el cuadro. Es decir, hicieron algo parecido a un
enorme caleidoscopio móvil, en cuyo interior se situaba el observador.
El cambio de decoración de este "Palacio de los espejismos" se conseguía de la
forma siguiente: los espejos que hacían de paredes, estaban cortados a lo largo
a cierta distancia de los ángulos de la sala, de manera, que estos últimos
podían girar alrededor de un eje y variar la decoración.
La fig. 107 muestra cómo pueden hacerse tres cambios, correspondientes a los
ángulos 1, 2 y 3. Ahora, figurémonos que todos los ángulos designados con la
cifra 1, representan elementos de un jardín tropical, todos los designados con
la cifra 2, los elementos de una sala árabe, y los que llevan el número 3, los
de un templo hindú. Un simple movimiento del oculto mecanismo, que hacía girar
los ángulos de la sala, bastaba para que el bosque tropical se transformara en
un templo o en una sala árabe. Y el secreto de esta "magia" estaba basado en
un fenómeno físico tan sencillo, como la reflexión de los rayos de luz.
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11. ¿Por qué y cómo se refracta la luz?
Eso de que un rayo de luz cambie de dirección cuando pasa de un elemento a
otro, les parece a muchos un extraño capricho de la naturaleza. Resulta
incomprensible, por qué la luz, en vez de conservar su dirección inicial en el
nuevo medio, elige un camino quebrado. Los que piensan así se alegrarán
seguramente de saber, que la luz hace, en este caso, lo mismo que una columna
militar al pasar el límite entre un terreno fácil de andar y otro difícil. He
aquí lo que dice sobre esto el célebre astrónomo y físico del siglo pasado John
Herschel.
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Fig. 109. Experimento para explicar la refracción de la luz.
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"Figurémonos un destacamento militar marchando, en formación, por un terreno
que una línea recta divide en dos zonas, una de ellas llana, lisa y cómoda para
andar, y otra terrosa y accidentada de tal forma, que por ella no se puede
avanzar tan de prisa como por la primera. Supongamos, además, que el frente
del destacamento forma un ángulo con la línea divisoria entre las dos zonas, y
que, por consiguiente, los soldados que forman dicho frente no llegan a ella al
mismo tiempo, sino sucesivamente. En estas condiciones, cada soldado, al pasar
la demarcación notará que se encuentra en un terreno por el cual no puede
avanzar tan rápidamente como antes. Ya no podrá guardar línea con los demás
soldados de su fila, que se encuentran aún en el terreno mejor, y empezará a
retrasarse cada vez más con respecto a ellos. Como quiera que así le irá
ocurriendo a cada soldado que pase por la línea divisoria, al notar las mismas
dificultades para la marcha, si no se rompe la formación, toda la parte de la
columna que haya pasado la demarcación se irá retrasando de la restante y
formando con ella un ángulo obtuso, en el punto de transición de la línea de
demarcación. Y como la necesidad de marcar el paso, sin estorbarse unos a
otros, hace que cada soldado marche de frente, es decir, formando un ángulo
recto con el nuevo frente de la columna, tendremos, que el camino que cada cual
sigue después de pasar la línea será, en primer lugar, perpendicular al nuevo
frente, y en segundo, guardará una relación con el camino que habría recorrido,
de no haberse retrasado, igual a la que existe entre la nueva velocidad y la
anterior".
De una forma más reducida, nosotros podemos repetir esta representación gráfica
de la refracción de la luz, en nuestra propia mesa. Para ello, una mitad de
esta mesa se cubre con un mantel (fig. 109) y, después de inclinarla un poco,
se hace que ruede por ella un par de ruedecitas fijas en un eje común (pueden
servir las de cualquier juguete roto). Si la dirección en que se mueve este
par de ruedas y la del borde del mantel forman entre sí un ángulo recto, el
camino no se tuerce. En este caso tenemos una ilustración de la regla óptica
que dice: Todo rayo de luz, perpendicular al plano de separación de dos medios
diferentes, no se refracta. Pero si la dirección del movimiento de las
ruedecitas está inclinada con respecto al borde del mantel, el camino que
siguen aquéllas se tuerce al llegar a dicho borde, es decir, en la divisoria
entre los dos medios que determinan la diferencia en la velocidad de las
ruedecitas. No es difícil darse cuenta de que, al pasar de la parte de la mesa
en que la velocidad del movimiento es mayor (la desprovista de mantel), a la
parte en que dicha velocidad es menor (la cubierta por el mantel), la dirección
del camino (del "rayo") tiende a aproximarse a la "perpendicular de
incidencia". En el caso contrario, se observa una tendencia a separarse de
dicha perpendicular.
De esto puede sacarse una enseñanza de gran importancia, que revela la esencia
del fenómeno que examinamos y que consiste en que, la refracción está
condicionada por la diferencia de velocidades de la luz en ambos medios.
Cuanto mayor sea esta diferencia de velocidades, tanto mayor será la
refracción; es decir, que el denominado "índice de refracción", que caracteriza
la magnitud de la desviación que sufren los rayos, no es otra cosa, que la
relación entre estas velocidades. Cuando leemos, que el índice de refracción
para el paso del aire al agua es de 4/3, nos enteramos al mismo tiempo de que,
la luz se transmite en el aire 1,3 veces más de prisa que en el agua.
Esta propiedad está relacionada con otra peculiaridad de la refracción de la
luz, que consiste en que: de la misma manera que el rayo de luz sigue al
reflejarse el camino más corto, al refractarse elige el camino más rápido, es
decir, que no hay ninguna otra dirección que conduzca más rápidamente el rayo
de luz a su "punto de destino", que esta línea quebrada.
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12. ¿Cúando se recorre más pronto un camino largo que otro corto?
Es posible que una línea quebrada pueda conducir al objetivo más rápidamente
que una recta? Sí, en aquellos casos en que la velocidad del movimiento es
distinta en las diferentes partes del camino recorrido. Recordemos si no lo
que hacen los habitantes de los pueblos, que encontrándose entre dos estaciones
de ferrocarril, están más cerca de una de ellas. Cuando necesitan ir a la
estación más lejana, van a caballo, en dirección contraria, hasta la estación
más próxima, y allí toman el tren y van hasta su punto de destino. El camino
más corto sería irse directamente, a caballo, a la estación más lejana, pero
ellos prefieren recorrer el más largo, primero a caballo y luego en un vagón de
ferrocarril, porque así llegan antes a su objetivo.
Prestemos un minuto de atención a otro ejemplo. Un soldado de caballería debe
llevar un parte desde el punto A a la tienda de campaña de su jefe, la cual se
encuentra en el punto C (fig. 110). Le separan de dicha tienda dos zonas, una
formada por arenas profundas y otra por un prado, divididas entre sí por la
línea recta EF. Por la arena, el caballo marcha dos veces más despacio que por
el prado. ¿Qué camino deberá seguir el jinete, para llegar cuanto antes a la
tienda de su jefe?
A primera vista, parece que el camino más rápido será el que va en línea recta
desde el punto A al punto C. Pero esto es totalmente erróneo, y yo creo que
ningún jinete eligiría este camino. La lentitud de la marcha por el arenal le
hará pensar en la manera de acortar esta parte del camino, atravesando la zona
arenosa por la línea menos oblicua. Naturalmente, al proceder así, alargará la
segunda parte del recorrido; pero como quiera que por el prado puede marchar
dos veces más de prisa, el tiempo en recorrer el trozo en que se alargue esta
parte no excederá del que se economiza acortando la parte arenosa, y en total,
se tardará menos tiempo en recorrer todo el camino. En otras palabras, el
camino a seguir por el jinete debe desviarse al pasar el límite entre los dos
terrenos, y esta desviación se caracterizará, porque el camino a seguir por el
prado formará con la perpendicular a la línea divisoria un ángulo mayor que el
que forma con ella el camino por el arenal.
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Fig. 110. El problema del jinete. Hallar el camino más rápido desde A a C.
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Todo aquel que sepa geometría, y especialmente el teorema de Pitágoras, puede
comprobar, que el camino en línea recta AC no es realmente el más rápido, y
que, teniendo en cuenta la anchura de las zonas y las distancias a que aquí nos
referimos, se llegará más pronto al objetivo siguiendo, por ejemplo, la línea
quebrada AEC (fig. 111).
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Fig. 111. Solución del problema del jinete. El camino más rápido es AMC.
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En la fig. 110 puede verse, que la anchura de la zona arenosa es de 2 km, y la
del prado, de 3 km. La distancia BC es de 7 km. En este caso, la distancia AC
(fig. 111) será igual, por el teorema de Pitágoras, a
{5
2
+7
2
}
1/2
= {74}
1/2
= 8,6 km
La parte AN, correspondiente a la zona arenosa de este segmento, será igual,
como es fácil de comprender, a 2/5 de esta magnitud, es decir, a 3,44 km. Como
quiera que la marcha por la arena es dos veces más lenta que por el prado, para
recorrer estos 3,44 km se necesitará el mismo tiempo que para recorrer 6,88 km
por el prado. Por consiguiente, el camino combinado total, por la línea AC,
cuya longitud efectiva es de 8,60 km, corresponde, atendiendo al tiempo que se
tarda en recorrerlo, a un camino de 12,04 km por el prado.
Hagamos ahora una idéntica "reducción al prado" para el camino en línea
quebrada AEC. Su parte AE=2 km, representará 4 km por el prado. La parte
EC={3
2
+7
2
}
1/2
={58}
1/2
=7,6 km.
En total, la línea quebrada AEC corresponderá a 4+7,6 =11,6 km por el prado.
|
Fig. 112. ¿Qué es el "seno"? La razón de m al radio, es el seno del ángulo 1;
la razón de n al radio, es el seno del ángulo 2.
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|
De esta forma, el camino "más corto", en línea recta, corresponde a 12,0 km de
recorrido por el prado, mientras que el "más largo", en línea quebrada,
solamente 11,6 km por este mismo terreno. Como vemos el "camino más largo" da
una ventaja de 12,0-11,6 =0,4 km, es decir, de cerca de medio kilómetro. Pero
aún no hemos determinado el camino más rápido. Este camino más rápido, según
nos enseña la teoría, será aquel, en que (aquí tendremos que recurrir a la
trigonometría) la relación entre el seno del ángulo b y el seno del ángulo a
sea igual a la relación entre la velocidad por el prado y la velocidad por el
arenal, es decir, a 2:1. En otras palabras, hay que elegir una dirección para
la cual el sen b sea dos veces mayor que el sen a. Para esto, hay que cruzar el
límite entre las zonas en un punto M, que se encuentre a un kilómetro de
distancia del punto E. Efectivamente,
en este caso
sen b = 6/{3
2
+6
2
}
1/2
,
sen a = 1/{1
2
+2
2
}
1/2
,
y la relación sen b/sen a = 6/{45}
1/2
: 1/{5}
1/2
= 2,
es decir, igual a la relación entre las velocidades.
Y, ¿cuál será en este caso la longitud total del camino "reducida al prado"?
Calculémosla: AM = {2
2
+1
2
}
1/2
lo que corresponde a 4,47 km de camino por el prado. MC = {3
2
+6
2
}
1/2
= 6,49 km. Por consiguiente, la longitud total del camino "reducida al prado"
será igual a 4,47+6,49 = 10,96, es decir, 1,08 km más corto que el camino en
línea recta, el cual, como ya sabemos, corresponde a 12,04 km.
Vemos claramente las ventajas que proporciona, en estas condiciones, el camino
en línea quebrada. El rayo de luz elige, precisamente, este camino más rápido,
porque la ley de la refracción de la luz satisface rigurosamente las
condiciones de la solución matemática del problema, es decir, la relación entre
el seno del ángulo de refracción y el seno del ángulo de incidencia, es igual a
la relación entre la velocidad de la luz en el nuevo medio y la velocidad de la
luz en el medio de que procede; por otra parte, esta relación es igual al
índice de refracción de la luz entre dichos medios.
Uniendo en una regla las peculiaridades de la reflexión y de la refracción,
podemos decir, que el rayo de luz sigue en todos los casos el camino más
rápido, o sea, sigue la regla que los físicos llaman "principio de la llegada
más rápida" (principio de Fermat).
Si el medio no es homogéneo y su capacidad de refracción varía paulatinamente,
como ocurre, por ejemplo, con nuestra atmósfera, también se cumple el
"principio de la llegada más rápida". Esto explica la pequeña desviación que
los rayos de los cuerpos celestes experimentan al atravesar la atmósfera, y que
en el lenguaje de los astrónomos recibe el nombre de "refracción atmosférica".
En la atmósfera, cuya densidad aumenta paulatinamente hacia abajo, el rayo de
luz se desvía de tal manera, que su parte cóncava mira hacia la Tierra. En
este caso, el rayo permanece más tiempo en las capas superiores, que retrasan
menos su marcha, y menos tiempo en las capas inferiores "lentas", y, en
definitiva, llega a su objetivo antes que si siguiera exactamente el camino en
línea recta.
El "principio de la llegada más rápida" (principio de Fermat) no se cumple
solamente en los fenómenos de la propagación de la luz, sino también en los de
propagación del sonido y de todos los movimientos ondulatorios, cualquiera que
sea la naturaleza de sus ondas. El lector querrá saber seguramente, cómo se
explica esta peculiaridad de los movimientos ondulatorios. Para satisfacer
esta curiosidad, incluyo a continuación una idea referente a este particular,
expresada por el eminente físico contemporáneo Schrödinger (en la disertación
leída en Estocolmo con motivo de la recepción del premio Nobel en 1933).
Partía del ejemplo, ya conocido, de los soldados marchando en formación, y
consideraba el caso de la propagación de un rayo de luz en un medio cuya
densidad cambia paulatinamente.
"Supongamos - escribía - que para conservar rigurosamente la rectitud del
frente, los soldados van unidos entre sí por una barra larga, que cada uno
sostiene fuertemente en sus manos. La orden dada es la siguiente: ¡Corred
todos, 10 más velozmente que podáis! Si el carácter del terreno varía
paulatinamente de un punto a otro, veremos, que al principio, por ejemplo, se
moverá más de prisa el ala derecha, mientras que después, la izquierda,
produciéndose un giro espontáneo del frente. Al ocurrir esto, nos daremos
cuenta de que, el camino recorrido no es rectilíneo, sino curvado. Pero, que
este camino coincide rigurosamente con el más corto, en el sentido del tiempo
de llegada al punto dado, en las condiciones de terreno dadas, está bastante
claro, puesto que cada soldado procuró correr lo más velozmente posible".
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13. Los nuevos robinsones
Indudablemente todos recordamos cómo los protagonistas de la novela de Julio
Verne "La Isla Misteriosa", abandonados en su deshabitada tierra, encendieron
fuego sin tener cerillas ni eslabón. A Robinson lo ayudó el rayo, incendiando
un árbol, pero a los nuevos Robinsones de Julio Verne no fue la casualidad,
sino el ingenio de un experto ingeniero y el sólido conocimiento de las leyes
de la Física. Recordemos cómo se sorprendió el ingenuo marinero Pencroff,
cuando al regresar de la caza, encontró al ingeniero y al periodista junto a la
hoguera.
"- Pero, ¿quién ha encendido esta lumbre? - preguntó el marino.
- El Sol - respondió Spilett.
El periodista no bromeaba. Fue, efectivamente, el Sol el que hizo arder este
fuego del que tanto se admiraba el marino. Pero a éste le parecía mentira lo
que veían sus ojos, y era tanta su admiración, que no pudo dejar de interrogar
al ingeniero.
- Ah, ¿tenía usted un cristal de aumento? - le preguntó Harbert al ingeniero.
- No, pero lo he hecho.
Dijo esto, y acto seguido se lo mostró. Estaba hecho de dos vidrios, que el
ingeniero había quitado de su reloj y del de Spilett. Había unido sus bordes
con arcilla, después de llenar de agua la cavidad que entre ellos quedaba, y de
esta manera consiguió una lente en forma de lenteja; valiéndose de la cual,
había hecho arder un puñado de musgo seco, concentrando sobre él los rayos del
Sol".
El lector querrá saber, para qué es necesario llenar de agua el espacio entre
los dos vidrios de reloj y quizá se haga la pregunta: ¿Acaso no puede
concentrar los rayos una lente biconvexa llena de aire?
No, no puede. El vidrio de reloj está limitado por dos superficies paralelas
(concéntricas), una exterior y otra interior, y, como sabemos por la Física,
los rayos, al atravesar un medio limitado por superficies de este tipo, no
cambian casi de dirección. Tampoco se desvían al pasar por el segundo vidrio,
y, por lo tanto, no se concentran en el foco. Para que los rayos se concentren
en un punto hay que llenar el espacio que queda entre los vidrios de una
sustancia transparente cualquiera, que refracte los rayos de luz más que el
aire. Esto es lo que hizo el ingeniero de la novela de Julio Verne.
Una botella o jarra cualquiera, siempre que tenga forma esférica y esté llena
de agua, también puede hacer las veces de lente y encender fuego. Esta
propiedad era conocida ya en la antigüedad, y ya entonces se dieron cuenta de
que, al ocurrir esto, el agua seguía estando fría. Se han dado casos, en que
una jarra de agua, puesta en una ventana abierta, ha incendiado cortinas y
manteles o carbonizado una mesa. Aquellas enormes botellas esféricas, llenas
de agua coloreada, que adornaban tradicionalmente los escaparates de las
farmacias, pudieron ocasionar verdaderas catástrofes, haciendo arder las
sustancias inflamables que se encontraban cerca de ellas.
Un pequeño matraz esférico, lleno de agua, es suficiente para hacer hervir el
agua que cabe en un vidrio de reloj. Para esto basta un matraz de 12
centímetros de diámetro. Cuando el diámetro es de 15 cm, en el foco (En este
caso, el foco se encuentra muy cerca del matraz.), se obtiene una temperatura
de 120°C. Encender un cigarro, valiéndose de un matraz con agua, es algo tan
fácil como hacerlo con la lente de vidrio, de la cual decía Lomonosov en su
poesía "A la utilidad del vidrio":
Imitando no poco a Prometeo,
Hacemos llamas de Sol con un cristal,
Y reprobando la ruindad falsaria,
Fuego del cielo usamos al fumar.
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Debemos advertir sin embargo, que el efecto que producen las lentes de agua es
considerablemente menor que el de las de vidrio. Esto se debe, en primer
lugar, a que la refracción de la luz es mucho menor en el agua que en el
vidrio, y en segundo, a que el agua absorbe una gran cantidad de rayos
infrarrojos, los cuales juegan un papel importante en el calentamiento de los
cuerpos.
Es interesante el hecho de que los antiguos griegos, más de mil años antes de
que se inventaran los anteojos y catalejos, sabían ya que las lentes podían
producir el fuego. De esto nos habla Aristófanes en su célebre comedia "Las
Nubes". En ella, Sócrates le plantea a Estreptíades el siguiente problema: "Si
alguien escribiese que tienes la obligación de pagar cinco talentos, ¿qué
harías para destruir esta escritura?
Estreptíades. He pensado cómo destruir esa escritura, y se trata de un
procedimiento, que tú mismo reconocerás que es ingenioso. ¿Has visto en las
boticas esa maravillosa piedra transparente, con la cual prenden el fuego?
Sócrates. ¿El cristal encendedor?
Estreptíades. Ese mismo.
Sócrates. ¿Y, qué más?
Estreptíades. Mientras el notario esté escribiendo, yo me pondré detrás de él,
dirigiré los rayos del Sol hacia la escritura y derritiré todas las palabras
... »
Debemos recordar, que los griegos de la época de Aristófanes escribían sobre
tablillas enceradas, las cuales podían fundirse fácilmente con el calor.
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14 ¿Cómo hacer fuego con el hielo?
Para hacer lentes biconvexas y, por consiguiente, para encender fuego, puede
emplearse también el hielo, siempre que su transparencia sea suficiente. En
este caso, al refractar los rayos de luz, el hielo ni se calienta ni se funde.
El índice de refracción del hielo es poco menor que el del agua, y si, como
hemos visto, se puede encender fuego valiéndose de una esfera llena de agua,
también se puede conseguir esto empleando lentes de hielo.
Estas lentes de hielo prestaron un buen servicio a los protagonistas de la
novela de Julio Verne "Aventuras del capitán Hatteras".
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Fig. 113. "El doctor hizo pasar los rayos por la lente, y los concentró en la
yesca".
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En ella, el doctor Clawbonny hace arder la hoguera por este procedimiento,
cuando los expedicionarios perdieron el eslabón y se encontraron privados de
fuego con un frío de 48 grados bajo cero.
"- Esto es una desgracia - dijo Hatteras al doctor.
- Sí - respondió éste.
- No tenemos ni siquiera un catalejos, del que se pudieran quitar las lentes y
encender fuego.
- Lo sé - respondió el doctor - y siento mucho que así sea, porque los rayos
solares tienen fuerza suficiente para encender la yesca.
- ¿Qué hacer? Tendremos que saciar el hambre con carne de oso cruda - sugirió
Hatteras.
- Sí - susurró pensativo el doctor -, en último caso. Pero, ¿por qué no?...
- ¿Qué piensa usted? - se interesó Hatteras. - Se me ha ocurrido una idea...
- ¿Una idea? - exclamó el contramaestre -. Si se le ha ocurrido a usted una
idea, estamos salvados.
- No sé cómo saldrá - dudó el doctor.
- Pero, ¿qué es lo que ha pensado? - interrogó Hatteras.
- No tenemos lente, pero podemos hacerla.
- ¿Cómo? - se interesó el contramaestre.
- La puliremos de un trozo de hielo.
- ¿Es posible qué?...
- ¿Y, por qué no? Lo único que hace falta es concentrar los rayos de Sol en un
punto, y, para este fin, el hielo puede servir lo mismo que el mejor cristal.
Claro que yo preferiría un trozo de hielo de agua dulce, porque sería más duro
y más transparente.
- Pues, si no me equivoco - dijo el contramaestre señalando un témpano que se
alzaba a unos cien pasos de ellos -, ese témpano, a juzgar por su color, es
precisamente lo que usted necesita.
- Lleva usted razón. Coja un hacha. ¡Vamos, amigos!
Los tres se dirigieron hacia el témpano indicado. Efectivamente, el hielo era
de agua dulce.
El doctor pidió que cortaran un trozo de hielo de un pie de diámetro y comenzó
a tallarlo con el hacha. Después lo repasó con el cuchillo y finalmente lo fue
puliendo, poco a poco, con la mano. Resultó una lente tan transparente como
del mejor cristal. Hacía un sol bastante claro. El doctor hizo pasar los
rayos por la lente, y los concentró en la yesca. Al cabo de unos segundos,
ésta comenzó a arder".
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Fig. 114. Vasija para hacer lentes de hielo
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Esta narración de Julio Verne no es fantástica en su totalidad. En Inglaterra
se hicieron, en 1763, los primeros intentos satisfactorios de encender un trozo
de madera valiéndose de una lente de hielo de gran tamaño. Desde entonces,
estos experimentos se han repetido con éxito. Claro que es difícil hacer una
lente transparente con unas herramientas tan rudimentarias como un hacha, un
cuchillo y una "simple mano" (¡A 48 grados de frío!). Pero la lente de hielo
se puede hacer por un procedimiento más sencillo, que consiste en echar agua en
una vasija de forma a propósito y dejarla que se hiele. Después, se calienta
ligeramente la vasija y se extrae la lente acabada.
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15. Con ayuda de los rayos solares
En aquellos países en que hay nieve en invierno, se puede hacer fácilmente otro
experimento. Un día de Sol se toman dos trozos de tela, uno de color claro y
otro negro, cuyas dimensiones sean iguales, y se colocan sobre la nieve. Al
cabo de una o dos horas podremos observar que el trozo negro se ha hundido en
la nieve, mientras que el claro continúa al mismo nivel. No es difícil hallar
la causa de esta diferencia. Se trata simplemente de que la nieve se funde más
intensamente debajo de la tela negra, porque ésta absorbe una gran parte de los
rayos solares que caen sobre ella; mientras que la tela clara, por el
contrario, dispersa la mayor parte de estos rayos y se calienta mucho menos que
la negra.
El primero en hacer este experimento fue Benjamín Franklin, insigne luchador
por la independencia de los Estados Unidos de América del Norte, que se
inmortalizó como físico con la invención del pararrayos. "Cogí a un sastre
varios trozos de tela cuadrados - escribía Franklin -. Entre ellos los había de
color negro, azul obscuro, azul claro, verde, purpúreo, rojo, blanco y de otros
colores y tonalidades. Una mañana de claro sol, puse todos estos trozos de
tela sobre la nieve. Al cabo de unas horas, el trozo negro, que se había
calentado más que los otros, era tanto lo que se había hundido, que los rayos
de sol no llegaban ya a él; el azul obscuro se había hundido casi tanto como el
negro; el azul claro, bastante menos, y los demás colores, cuanto más claros,
menos se hundieron. El blanco se quedó en la superficie, es decir, no se
hundió en absoluto".
"¿Para qué serviría la teoría si de ella no se pudieran obtener beneficios
prácticos? - exclamaba él a este propósito y continuaba
-¿A caso no podemos deducir de este experimento que los trajes negros son menos
apropiados que los blancos para los climas templados y de mucho sol?
Naturalmente, puesto que con ellos nuestro cuerpo se calienta más al sol, y si
además hacemos movimientos, que de por sí contribuyen a calentarnos, el calor
será excesivo. ¿No deberían ser los sombreros de verano de color blanco, para
evitar así ese calor que llega a producir la insolación a ciertas personas? Es
más, si se pintaran las paredes de negro, ¿no podrían acaso absorber durante el
día tanto calor, que por la noche se conservasen, hasta cierto punto, templadas
y pudieran evitar que se helasen las frutas? ¿Es que no puede un observador
atento tropezarse con otras particularidades más o menos importantes?"
Una idea de la importancia de estas deducciones y de la utilidad de su empleo,
nos la ofrece el ejemplo de la expedición alemana al polo sur, efectuada en el
año 1903, con el buque "Gauss". Este buque fue aprisionado por los hielos y
ninguno de los procedimientos ordinarios empleados para su liberación dio
resultado. Las materias explosivas y las sierras que se pusieron en juego,
sirvieron para apartar unos cuantos centenares de metros cúbicos de hielo, pero
no para liberar al navío. Entonces, los expedicionarios recurrieron a la ayuda
de los rayos solares. Trazaron sobre el hielo una franja oscura de ceniza y
carbón, de 2 km de largo y unos 10 m de ancho, la cual conducía desde el barco
hasta la más próxima de las grietas que había en el hielo. Era verano, y en el
polo hacía unos días despejados y largos, durante los cuales, los rayos solares
consiguieron lo que fue imposible para la dinamita y las sierras. El hielo, al
fundirse, se rompió a lo largo de la franja recubierta y el buque quedó
liberado.
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16. Lo viejo y lo nuevo del espejismo
Lo más probable es que todos sepan la causa física del espejismo ordinario.
Las arenas del desierto, caldeadas por el calor, adquieren propiedades
semejantes a las de un espejo, porque la capa de aire caliente que linda con
ellas es menos densa que las superiores.
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Fig. 115. ¿Cómo se produce el espejismo en el desierto? Este dibujo, que
generalmente reproducen los libros de texto, representa el camino que sigue un
rayo de luz, cuyo ángulo de inclinación con respecto a la tierra está muy
aumentado
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Todo rayo de luz oblicuo, procedente de cualquier objeto bastante alejado, al
encontrarse con esta capa de aire se desvía, de forma, que al seguir adelante
vuelve a alejarse del suelo y llega a los ojos del observador lo mismo que si
se hubiera reflejado en un espejo formando un gran ángulo de incidencia. Esto
hace, que el observador sienta la impresión de que ante él se abre en el
desierto una extensión de agua, en la cual se reflejan los objetos que hay en
sus orillas (fig. 115).
Mejor sería decir, que la capa de aire caliente que linda con el suelo
caldeado, refleja los rayos de luz, no como un espejo, sino como lo hace la
superficie del agua cuando se mira desde abajo, es decir, desde dentro del
agua. En este caso no se produce una reflexión ordinaria, sino lo que se llama
en física una "reflexión interna".
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Fig. 116. El espejismo en una carretera alquitranada.
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Para que así ocurra, el rayo de luz tieneque entrar en esta capa de aire muy
oblicuamente (mucho más de lo que se ve en
la reproducción simplificada de la fig. 115); de lo contrario, no superaría el
"ángulo máximo" de incidencia del rayo y no se produciría la "reflexión
interna".
Señalemos de pasada uno de los puntos de esta teoría que puede parecer raro.
La explicación que acabamos de dar exige que las capas de aire están dispuestas
de tal manera, que las más densas se encuentren encima de las de menos
densidad. Sabemos sin embargo, que el aire denso, y por consiguiente el más
pesado, tiende siempre a descender y a desplazar hacia arriba a la capa de aire
más ligera, que se encuentra debajo. ¿Cómo puede entonces producirse la
disposición de las capas, densas y enrarecidas del aire, que hace falta para
que se dé el espejismo?
La explicación está en que esta disposición de las capas no se produce en un
aire inmóvil, sino en un aire que está en movimiento. La capa de aire que
calienta el suelo no permanece sobre él, sino que es desplazada constantemente
hacia arriba y sustituida por otra capa nueva, la cual se calienta casi en el
acto. Este cambio ininterrumpido da lugar a que, junto a la arena caldeada se
encuentra siempre una capa de aire enrarecido, que, aunque no siempre sea la
misma, es la que influye en la marcha de los rayos.
Este tipo de espejismo, que acabamos de examinar, se conoce desde la más remota
antigüedad. La meteorología moderna lo designa con el nombre de "espejismo
inferior" (para diferenciarlo del "superior", que es el que produce la
reflexión de los rayos de luz en las capas de aire enrarecido de las altas
regiones de la atmósfera). La mayoría de las personas están convencidas de que
este espejismo clásico se observa exclusivamente en el aire tórrido de los
desiertos del sur y de que no puede producirse en otras latitudes más al norte.
No obstante, el espejismo inferior puede observarse frecuentemente en nuestras
latitudes.
Fenómenos semejantes se producen asiduamente en las carreteras asfaltadas o
alquitranadas, las cuales, debido a su color oscuro, se calientan mucho al sol.
Cuando esto ocurre, desde lejos parece que la superficie mate de estas
carreteras está húmeda y que refleja los objetos distantes. El camino que
siguen los rayos de luz, en este espejismo, se muestra en la fig. 116. Cuando
uno es un poco observador, estos fenómenos se suelen ver más a menudo de lo que
en general se piensa.
Hay otro tipo de espejismo, el espejismo lateral, cuya existencia ni se
sospecha por lo general. Se trata del reflejo producido por las paredes
verticales calientes. A este tipo corresponde el caso que nos refiere un autor
francés.
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Fig. 117. Plano del fuerte en que se observó el espejismo. La pared F parecía
un espejo desde el punto A y la pared F' daba la misma sensación desde el punto
A'.
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Cuando se acercaba aun fuerte, se dio cuenta de que una de sus paredes de
hormigón comenzó a
brillar de improviso, lo mismo que un espejo, y a reflejar el paisaje, el suelo
y el cielo. Después de dar varios pasos, observó esta misma transformación en
otra de las paredes del fuerte. Daba la impresión de que aquella superficie
gris y desigual se convertía instantáneamente en lisa y pulida. Hacía un día
muy caluroso y las paredes debían estar muy caldeadas; en esto consistía el
secreto del espejismo de las paredes. En la fig. 117 se muestra la disposición
de las paredes del fuerte (F Y F') y los lugares en que se encontraba el
observador (A a A').
Después resultó, que el espejismo se observaba cada vez que los rayos solares
calentaban suficientemente la pared. Hasta se consiguió fotografiar este
fenómeno.
En la fig. 118 se ve (a la izquierda) la pared F del fuerte, primeramente mate,
y después brillante (a la derecha) como un espejo (fotografiada desde el punto
A'). En la foto de la izquierda se distingue el hormigón gris y ordinario, en
el cual no pueden reflejarse las figuras de los dos soldados que junto a la
pared se encuentran. En la de la derecha, se ve esta misma pared cuando la
mayor parte de ella adquirió propiedades semejantes a las del espejo y
reproduce simétricamente la imagen del soldado más próximo a ella. Está claro,
que donde se reflejan los rayos de luz no es en la superficie de la pared, sino
en la capa de aire caliente contigua a ella.
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Fig. 118. La pared gris e irregular del fuerte (a la izquierda) se
transformaba de repente en una superficie pulida, que reflejaba las imágenes (a
la derecha).
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En los días calurosos de verano deberíamos prestar más atención a las paredes
caldeadas de los grandes edificios y procurar
descubrir si se produce en ellas el fenómeno del espejismo. Indudablemente,
los casos de espejismo se observarían con mucha más frecuencia si prestáramos a
ellos más atención.
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17. El rayo verde
"¿Ha presenciado usted alguna vez la puesta del Sol en el mar? Sí,
indudablemente. ¿Y siguió al Sol hasta ese momento en que la parte superior de
su disco toca la línea del horizonte y luego desaparece? Probablemente
también. Pero, ¿se dio cuenta de un fenómeno que suele ocurrir en el momento
en que el astro radiante lanza su último rayo, cuando el cielo está
completamente despejado y transparente? Puede que no. Pues, no pierda la
ocasión de presenciar este fenómeno. Sus ojos percibirán, no un rayo rojo,
sino un rayo de maravilloso color verde, de un color, que no hay pintor que
pueda reproducirlo en su paleta y que la propia naturaleza no ha repetido ni en
los diversos tonos de las plantas, ni en el color más transparente de los
mares".
Un comentario como éste, publicado en un periódico inglés, entusiasmó de tal
forma a la joven protagonista de la novela de Julio Verne "El Rayo Verde", que
resolvió emprender una serie de viajes con el único fin de ver con sus propios
ojos el mencionado rayo. La joven escocesa no consiguió, según la narración
del novelista, observar este bello fenómeno de la naturaleza. No obstante, el
rayo verde existe. El rayo verde no es una simple leyenda, a pesar de que con
él guarden relación muchas historias legendarias. El rayo verde es un fenómeno
que puede admirar todo aquel que tenga afición a la naturaleza, siempre que lo
busque con suficiente paciencia.
¿Por qué se produce el rayo verde?
Para comprender la causa de este fenómeno hay que recordar cómo vemos los
objetos cuando los miramos a través de un prisma de cristal. Hagamos, por
ejemplo, el siguiente experimento: cojamos un prisma de cristal y, teniéndolo
delante del ojo horizontalmente, con la parte ancha hacia abajo, miremos a
través de él una hoja de papel blanco clavada en la pared. Notaremos, en
primer lugar, que dicha hoja sube a una altura mucho mayor que la que ocupa en
realidad, y, en segundo lugar, que tiene en su parte superior un borde violáceo
azulado y en la parte inferior otro borde amarillo rojizo. La elevación
depende de la refracción de la luz y los bordes coloreados, de la dispersión
que produce el cristal, es decir, de la propiedad que tiene éste de refractar
distintamente los rayos de colores distintos. Los rayos violeta y azules se
refractan más que los restantes, por lo cual, el borde que vemos en la parte
superior es violáceo azulado; los rayos rojos, por el contrario, son los que
menos se refractan, por cuya razón vemos nuestra hoja de papel con un borde
rojo en su parte inferior.
Para en adelante comprender mejor, es conveniente detenernos un poco en el
origen de estos bordes coloreados. El prisma descompone la luz blanca,
procedente del papel, en todos los colores del espectro, produciendo una
multitud de imágenes de dicha hoja de papel, situadas en el orden
correspondiente a la refracción de los distintos colores, pero superpuestas
parcialmente unas a otras. De la acción simultánea de estas imágenes
coloreadas superpuestas, nuestro ojo recibe la sensación del color blanco (suma
de los colores del espectro), pero por arriba y por abajo sobresalen los bordes
de los colores que no se mezclan. Goethe, el insigne poeta y naturalista
alemán del siglo XVIII, que hizo este experimento, pero que no comprendió su
sentido, pensó, que acababa de descubrir la falsedad de la teoría de Newton
sobre los colores, y escribió su propia "Ciencia de los Colores", la cual está
basada casi totalmente en ideas falsas. Es de suponer que nuestros lectores no
repetirán los errores de este gran poeta y no esperarán que el prisma pinte
para ellos, con nuevos colores, todos los objetos que les rodean.
La atmósfera terrestre viene a ser para nuestros ojos algo así como un enorme
prisma de aire, cuya base está dirigida hacia abajo. Cuando miramos al Sol en
el horizonte, lo hacemos a través de este prisma gaseoso. El disco toma por su
parte superior un borde de color azul y verde, y por la inferior otro, de color
rojo y amarillo. Mientras el Sol se encuentra sobre el horizonte, la claridad
de la luz del disco es tan intensa, que apaga estas zonas coloreadas e impide
que las veamos. Pero en el momento de la salida y de la puesta del Sol, cuando
casi todo el disco está oculto tras el horizonte, podemos ver el borde azul de
su parte superior. Este borde es en realidad bicolor: su parte más alta está
formada por una franja azul, y la más baja, por una celeste, resultado de la
mezcla de rayos azules y verdes. Cuando el aire próximo al horizonte está
completamente limpio y transparente, vemos el borde azul, o "rayo azul". Pero
con frecuencia, los rayos azules se dispersan en la atmósfera y queda solamente
un borde verde; éste es precisamente el fenómeno del "rayo verde". En la
mayoría de los casos, la atmósfera está turbia, y dispersa, además de los rayos
azules, los verdes. En este caso no se observa ningún borde y el Sol, al
ponerse, semeja una esfera purpúrea.
El astrónomo soviético G. Tijov, que consagró al "rayo verde" una investigación
especial, nos comunica algunos indicios de la visibilidad de este fenómeno.
"Si el Sol tiene color rojo al ponerse y es fácil de contemplar a simple vista,
puede decirse con toda seguridad que no habrá rayo verde". La causa es
comprensible, porque el color rojo del disco solar indica que en la atmósfera
se produce una gran dispersión de los rayos azules y verdes, es decir, de los
que forman el borde superior del disco. "Por el contrario - continúa el
astrónomo -, si el ordinario color blanquecino amarillento del Sol cambia poco
y éste se pone resplandeciente (es decir, cuando la atmósfera absorbe poca luz.
- Y.P.), es muy posible que se produzca el rayo verde. Pero en este caso tiene
gran importancia que el horizonte forme una línea bien definida, sin
desigualdades, ni bosques próximos, ni edificios, etc. Estas condiciones se
dan preferentemente en el mar; he aquí por qué el rayo verde es bien conocido
por los marinos".
Quedamos, pues, en que para ver el "rayo verde" hay que observar el Sol, en el
momento de salir o de ponerse, cuando el cielo está muy despejado.
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Fig. 119. Una larga observación del "rayo verde". El observador divisó el
"rayo verde", detrás de una cordillera, durante 5 minutos. Arriba a la
derecha: el "rayo verde" observado con anteojo de larga vista. El disco solar
tiene contornos irregulares. En la posición 1, el brillo del Sol ciega los
ojos e impide distinguir el margen verde. En la posición 2, cuando el disco
solar desaparece casi por completo, el "rayo verde" se hace perceptible a
simple vista.
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En los países del sur, el cielo sueleser más transparente en el horizonte, que
en los del norte, por lo cual es allí donde este fenómeno se observa con más
frecuencia. Pero esto no quiere decir que en las latitudes medias se produzca
tan raras veces como muchos creen y seguramente influidos por la novela de
Julio Verne. Las búsquedas obstinadas del "rayo verde", tarde o temprano,
acaban viéndose coronadas por el éxito. Se han dado casos en que este bello
fenómeno se ha podido contemplar con anteojo de larga vista. Dos astrónomos
alsacianos describen una observación de este tipo de la forma siguiente:
"... En el último minuto precursor de la puesta del Sol, cuando, por
consiguiente, aún se veía una parte apreciable de él, su disco, cuyos límites
eran ondulados y móviles, pero bien definidos, estaban rodeados de un margen
verde. Mientras el Sol no se puso por completo, este margen no se distinguía a
simple vista. Solamente se hizo visible en el momento en que el Sol
desapareció tras el horizonte. Si un fenómeno como éste se observa con un
anteojo de suficiente aumento (aproximadamente de 100 veces), se puede seguir
minuciosamente todo el transcurso del mismo: el margen verde comienza a
notarse, por lo menos, 10 minutos antes de ponerse el Sol; este margen limita
la parte superior del disco, mientras que en la inferior se observa un margen
rojo. La anchura de este margen es muy pequeña al principio (de varios
segundos de arco en total), pero después va aumentando a medida que se pone el
Sol. A veces llega a alcanzar hasta medio minuto de arco. Sobre este margen
verde suelen verse unas prominencias del mismo color, las cuales, al ir
desapareciendo paulatinamente el Sol, parece que se deslizan por su orilla
hasta llegar al punto más alto. Algunas veces, estas prominencias se separan
del margen, brillan varios segundos aisladas de él y luego se apagan" (fig.
119).
Generalmente, el fenómeno dura un par de segundos. Pero en circunstancias
extraordinarias esta duración aumenta sensiblemente. Se ha registrado un caso
en que el "rayo verde" se observó...¡durante más de 5 minutos! El Sol se
ocultaba detrás de una lejana montaña, cuando un observador, que caminaba de
prisa, vio como el margen verde del disco solar parecía deslizarse por la
pendiente de aquélla (fig. 119).
Es muy interesante la observación del "rayo verde" al salir el Sol, cuando su
parte superior comienza a surgir de detrás del horizonte. Esto desmiente la
versión de que el "rayo verde" no es más que una ilusión óptica, que se produce
por cansancio del ojo con el brillo del Sol al ponerse.
El Sol no es el único astro que lanza el "rayo verde". Este fenómeno se ha
podido observar también al ponerse Venus.
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